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Los últimos datos del INE confirman que los hogares españoles están reduciendo su colchón de ahorro. La tasa de ahorro desestacionalizada cayó al 11,3% en el primer trimestre de 2026, su nivel más bajo desde comienzos de 2023, en un contexto en el que el gasto en consumo crece por encima de la renta disponible.
Con la inflación todavía presionando el bolsillo y el gasto en ocio y viajes encareciéndose, las aportaciones periódicas a fondos de inversión pueden convertirse en una herramienta útil para automatizar el ahorro sin exigir grandes desembolsos. Invertir pequeñas cantidades mensuales, por ejemplo, desde 30 euros, permite crear disciplina financiera, suavizar el esfuerzo en meses de mayor gasto y construir patrimonio a largo plazo, siempre ajustando el producto al perfil de riesgo, horizonte temporal y situación financiera de cada ahorrador.

Sobre si esta pérdida de capacidad de ahorro responde solo a un bache estacional o apunta a un problema más profundo, los expertos consultados coinciden en que el verano agrava la situación, pero no la explica por completo. Antonio Pedraza, Presidente de la Comisión Financiera del Consejo General de Economistas, señala que “la inflación acumulada, la falta de deflactación del IRPF y el menor crecimiento de los salarios frente al avance de los precios han reducido la capacidad real de ahorro de las familias españolas”. A su juicio, aunque el aumento del gasto en vacaciones intensifica la presión sobre los hogares, el problema empieza a mostrar un componente más estructural que coyuntural.

En la misma línea, Miguel Ángel Temprano, analista geoeconómico e independiente, recuerda que las familias están gastando más deprisa de lo que crecen sus ingresos y advierte de que el deterioro del ahorro no es fruto de un solo verano, sino de un desgaste acumulado. “Cinco euros más aquí, diez euros más allá”, para explicar cómo el encarecimiento de la cesta de la compra, la vivienda, la luz, los seguros o el ocio ha ido erosionando poco a poco el colchón financiero de los hogares. Además, introduce un factor psicológico: “las vacaciones funcionan como una recompensa tras meses de trabajo y la presión social también empuja al consumo”. Por eso, defiende que “el ahorro no debe depender de la fuerza de voluntad, sino de mecanismos automáticos que separen el dinero al inicio del mes, antes de que los gastos lo hagan desaparecer”.
¿Qué se puede hacer con los ahorros en esta situación?
El reto no está solo en elegir un producto concreto, sino en crear un hábito de ahorro e inversión que pueda mantenerse en el tiempo.

En este sentido, Juan Ignacio Marrón, CEO de @InversoresInstitucionales, recuerda que muchos ahorradores siguen pensando que para invertir en fondos hace falta disponer de un gran capital inicial, cuando precisamente las aportaciones periódicas permiten empezar con cantidades reducidas y de forma recurrente. “El hábito de invertir es más importante que acertar cuándo invertir”. En su opinión, “los grandes patrimonios no suelen construirse a partir de una única gran oportunidad, sino mediante muchas pequeñas decisiones sostenidas en el tiempo, donde la disciplina y la constancia pesan más que el momento exacto de entrada en el mercado”.
Hay que ser conscientes de que invertir una cantidad fija de forma periódica ayuda a suavizar el precio medio de compra y reduce el riesgo de concentrar toda la inversión en un momento desfavorable. Además, al automatizar las aportaciones, se rebaja el componente emocional que aparece cuando los mercados atraviesan episodios de incertidumbre. Y el verano puede ser un buen momento para ordenar las finanzas personales, revisar objetivos y poner en marcha un plan automatizado que aumente las probabilidades de mantener el hábito a largo plazo.
En cuanto al tipo de producto más adecuado, Juan Ignacio Marrón advierte de que “no conviene modificar una estrategia de inversión únicamente por encontrarse en los meses de verano”. A su juicio, más que preguntarse qué fondo tener durante las vacaciones, el inversor debería plantearse qué cartera será capaz de mantener durante los próximos diez o quince años. Por eso, defiende que una cartera bien diversificada y adaptada a la tolerancia al riesgo de cada persona tiene más probabilidades de éxito que intentar anticipar la próxima corrección del mercado. “El mejor fondo no es necesariamente el que más rentabilidad promete, sino aquel que permite al inversor mantener su plan de ahorro e inversión incluso en los momentos de mayor incertidumbre”.

Para los perfiles más prudentes, Diego Rueda, responsable de selección de fondos y gestor de fondos de fondos senior de Unicaja Asset Management, apunta que un fondo de renta fija a corto plazo, centrado en pagarés con vencimientos a tres y seis meses, puede ser una alternativa adecuada para quienes buscan minimizar sobresaltos y gestionar mejor los episodios de volatilidad. Sin embargo, advierte de que “incluso las posiciones más defensivas tienen un coste de oportunidad: el inversor ultraconservador puede quedarse fuera de movimientos alcistas rápidos del mercado”. Por lo que en su opinión, “antes de decidir cuánto mantener en liquidez y cuánto invertir, es imprescindible analizar las necesidades de liquidez inmediata, el horizonte temporal y el perfil de riesgo de cada persona, idealmente con el apoyo de un planificador financiero”.

A este respecto, Marta Campello, socia y gestora de fondos de Abante Asesores, también incide en que mantener demasiado dinero parado en cuenta corriente puede acabar erosionando el poder adquisitivo del ahorrador. A su juicio, la liquidez debe existir como colchón de emergencia, pero no conviene sobredimensionarla, porque el dinero que no alcanza a compensar la inflación “poquito a poco nos va empobreciendo”. Por eso, considera que “los ahorradores que no quieran asumir grandes riesgos pueden encontrar oportunidades en la renta fija, en el crédito, en algo de duración o incluso en una pequeña exposición a renta variable de calidad, siempre entendiendo que salir de la liquidez implica aceptar cierta volatilidad”.
Todo el mundo sabe que el paso de la cuenta corriente a una cartera con algo de riesgo suele ser emocionalmente difícil, porque el inversor pasa de una posición aparentemente estable a otra que puede registrar caídas puntuales. Pero, no obstante, Marta Campello recuerda que “asumir volatilidad no significa necesariamente tener una mala experiencia inversora, siempre que el riesgo esté bien ajustado al perfil del cliente”. En su opinión, después de varios años en los que los tipos altos permitían obtener rentabilidad sin asumir apenas riesgo, el nuevo entorno obliga a “estar un pelín más incómodo si se quiere aspirar a una rentabilidad superior a la del activo libre de riesgo. La clave está en acompañar bien al inversor y hacerle entender que riesgo moderado no significa riesgo cero”.
Al final, en un contexto en el que ahorrar cada vez exige más esfuerzo, la clave no pasa por esperar a que sobre dinero a final de mes, sino por convertir el ahorro en una decisión automática, constante y adaptada a la realidad de cada bolsillo.
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