Hablamos de Estados Unidos, hablamos de renta variable. ¿En qué consiste concretamente esta estrategia?

Gonzalo Ortiz de Vigón: Hoy en día es inevitable hablar de renta variable en el contexto actual. Nosotros trabajamos con un escenario base en el que el conflicto actual no se prolonga demasiado y, sobre todo, creemos que no se ha roto el ciclo de tipos de interés en el que veníamos.

En este contexto, pensamos que en la renta variable americana empieza a haber valor en las valoraciones reales. Hasta ahora el mercado ha estado muy condicionado por las expectativas sobre los tipos de interés, pero creemos que ahora el foco debe ponerse en el crecimiento de los beneficios por acción. Esperamos crecimientos en Estados Unidos de entre el 12% y el 15%, lo que será clave para la selección.

Antes bastaba con elegir el sector adecuado; ahora será necesario profundizar dentro de cada sector, porque habrá ganadores y perdedores. Para nosotros, esa selección es crucial.

En este sentido, buscamos compañías que generen caja, preferiblemente grandes empresas con experiencia en distintos ciclos de mercado. Nos fijamos especialmente en el retorno sobre el capital invertido (ROIC), buscando empresas capaces de generar más valor del que necesitan financiar.

Además, consideramos varias temáticas clave: la demografía, el reshoring (que impulsa sectores como el industrial), la digitalización —incluida la inteligencia artificial— y la electrificación, que se está consolidando como un viento de cola para muchas industrias.

El NewGems también es un fondo de renta variable que además invierte en distintas temáticas. ¿En qué consiste el fondo?

Mathias Blandin: El DPAM NewGems es un fondo global de renta variable y multitemático. Invierte en siete grandes tendencias: nanotecnología, ecología, wellness (salud), generación Z, e-society (digitalización), manufacturing 4.0 (automatización) y seguridad. Nuestra filosofía se centra en compañías de crecimiento, de calidad e innovadoras.

En los últimos años hemos visto un mercado muy concentrado en determinados sectores —energía, materias primas, bancos o defensa— y un resurgir del estilo value. Además, recientemente ha habido dudas sobre la inteligencia artificial, especialmente en relación con el capex y su impacto real en la productividad, lo que ha provocado caídas generalizadas.

Sin embargo, creemos que esto ha generado oportunidades. Hay compañías de calidad con buenos fundamentales que ahora cotizan a valoraciones atractivas. En este entorno, el fondo encuentra un contexto favorable, ya que muchas de estas empresas siguen mostrando crecimientos sólidos y resultados por encima de expectativas.

En este entorno de volatilidad, ¿habéis visto mayor interés por este tipo de productos?

Mathias Blandin: Los mercados son cíclicos. Estamos en una fase de incertidumbre que genera miedo, y el market timing es extremadamente difícil. Por eso es clave mantener una visión de largo plazo. Además, en estos momentos aumenta la correlación entre activos, lo que provoca ventas indiscriminadas. A esto se suman factores técnicos, como ventas automatizadas de hedge funds o inversores minoristas. Pero precisamente ahí surgen oportunidades. Los inversores con visión de largo plazo están aprovechando estas caídas para reposicionar sus carteras.

¿Veis también ese interés en Amundi?

Gonzalo Ortiz de Vigón: Sí. El inversor español ha aprendido mucho, especialmente tras la pandemia. Cada vez se toman menos decisiones impulsivas en momentos de pánico. Ahora se combinan incertidumbre geopolítica y de mercado, pero eso también genera oportunidades. Se está limpiando el ruido de los tipos de interés y empiezan a verse claramente los ganadores y perdedores.

El US Pioneer Fund, con casi 100 años de historia, ha atravesado todo tipo de crisis. Esa experiencia demuestra que la volatilidad genera oportunidades y que confiar en equipos gestores es clave.

Ambos habéis hablado de largo plazo, diversificación y divergencia entre compañías. ¿Cómo afecta la inteligencia artificial a esa selección?

Mathias Blandin:  La temática de la inteligencia artificial es realmente muy interesante. Llevamos ya algunos años hablando de ella, pero lo cierto es que todavía estamos en una fase inicial. Algunos la califican como una nueva revolución industrial, y yo creo que, en cierto modo, lo es.

Estamos viendo un proceso progresivo de desarrollo y adopción: la inteligencia artificial se está implementando poco a poco en prácticamente todos los sectores y actividades. Ahora bien, más allá del entusiasmo, es fundamental analizar cuál es el valor añadido real que aporta.

Dicho esto, también hay que entender que este tipo de tendencias no evolucionan de forma lineal, sino a través de ciclos. Ya vivimos un ciclo muy positivo en 2021 y 2022, y actualmente estamos en una fase en la que la narrativa se ha vuelto algo más negativa. Existen dudas en el mercado, especialmente en torno a las fuertes inversiones en capex que están realizando muchas compañías y sobre el retorno real que estas inversiones generarán.

Sin embargo, estos ciclos son, en mi opinión, algo saludable. Permiten depurar el ecosistema, hacer una especie de “selección natural” y quedarnos con las compañías realmente sólidas. Y eso es positivo, porque la inteligencia artificial es una tendencia estructural con un potencial de crecimiento muy fuerte, que además va a impulsar el desarrollo de muchos otros sectores.

Eso sí, insisto: no será una línea recta. Veremos fases de consolidación y correcciones, y es precisamente ahí donde surgen oportunidades. Por eso es clave analizar bien cada compañía: sus perspectivas de crecimiento, su capacidad de ejecución y, por supuesto, sus niveles de valoración.

Por ejemplo, si pensamos en el sector del software, que ha sufrido recientemente, el mercado ha tendido a verlo como uno de los posibles perdedores de la inteligencia artificial. Y es cierto que habrá compañías que se queden atrás, pero también habrá ganadoras. No todas van a perder.

De hecho, aquellas empresas capaces de integrar la inteligencia artificial en sus productos o servicios obtendrán una ventaja competitiva clara. Y si, además, han construido un ecosistema sólido —donde los clientes están, en cierto modo, “cautivos”—, el cambio hacia otros proveedores se vuelve complejo, tanto en tiempo como en coste. Hablamos de soluciones que requieren grandes inversiones y que, en muchos casos, están altamente personalizadas.

En definitiva, la inteligencia artificial sigue siendo una temática con muchísimo recorrido. Desde DPAM, a través del fondo NewGems, tratamos de aprovechar estas oportunidades para posicionar la cartera de la mejor manera posible, reforzando sectores y subsectores con potencial, como el cloud computing, los semiconductores o el propio software.

Gonzalo Ortiz de Vigón: La inteligencia artificial es, sin duda, una fuerza imparable. Hasta ahora quizá ha estado muy focalizada en las propias compañías tecnológicas que la desarrollan, pero en realidad su impacto va mucho más allá, porque está transformando la forma de operar de prácticamente todos los sectores. Y ahí es donde nosotros vemos una parte muy interesante de las oportunidades.

Por ejemplo, se ha hablado muchísimo de la construcción de grandes centros de datos, incluso con comparaciones muy llamativas en cuanto a su tamaño. Pero más allá de si esas inversiones concretas serán más o menos rentables, lo relevante es todo lo que hay detrás: para construir esos centros hacen falta materiales, infraestructuras, mano de obra… Es decir, toda una cadena de valor que se beneficia directamente.

Si llevamos esto al terreno de la inversión, encontramos oportunidades en sectores como el de infraestructuras o materiales, donde quizá podemos capturar ese crecimiento con valoraciones más razonables que en las propias compañías puramente tecnológicas.

Otro ejemplo claro es el sector salud. Y no solo en biotecnología, sino en la gestión sanitaria en general: la inteligencia artificial permite mejorar la eficiencia en listas de espera, en diagnósticos, en desarrollo de tratamientos… Todo eso supone una ventaja competitiva muy relevante en un sector que, además, ha sufrido bastante en los últimos años y puede ofrecer puntos de entrada atractivos.

También lo vemos en el transporte y la logística. La capacidad de optimizar rutas, gestionar flotas o reasignar recursos gracias a la inteligencia artificial tiene un impacto directo en los márgenes y en la eficiencia operativa.

En definitiva, lo interesante es que la inteligencia artificial no solo genera oportunidades en quienes la desarrollan, sino en todas aquellas compañías que la incorporan para mejorar sus procesos. Y muchas de estas empresas parten de valoraciones más razonables, lo que nos permite construir carteras con un mejor equilibrio entre crecimiento y precio.

¿Por qué es importante mantener exposición a renta variable en momentos de incertidumbre?

Gonzalo Ortiz de Vigón:  Para nosotros en Amundi la renta variable debe formar parte de una cartera de manera estructural. Es cierto que en momentos como el actual, con niveles elevados de volatilidad, uno puede llegar a cuestionárselo. Pero si lo pensamos desde otra perspectiva, si hoy a cualquier inversor le ofrecieras la posibilidad de participar en un negocio sólido, capaz de adaptarse y de sobrevivir a distintos entornos económicos, probablemente no dudaría en hacerlo.

Al final, estamos hablando de compañías sostenibles, consistentes en el tiempo, que han demostrado su capacidad para navegar distintos ciclos, incluidos periodos inflacionistas como el actual. Y ser socio de ese tipo de negocios implica, en cierta medida, estar alineado con la inflación, es decir, proteger el poder adquisitivo a largo plazo, siempre que la asignación de activos sea adecuada y se seleccione bien el vehículo de inversión.

Para nosotros, ese es un punto clave. Además, vivimos en un mundo que cambia a gran velocidad, y la renta variable te permite participar desde el inicio en esos procesos de transformación: la digitalización, la industrialización, la electrificación… todos esos grandes cambios generan oportunidades y rentabilidades asociadas, y estar invertido te permite capturarlas.  A esto se suma una idea muy sencilla: si a cualquiera de nosotros nos ofrecieran ser socios de algunas de las grandes compañías globales, probablemente aceptaríamos sin dudarlo. Pues bien, la renta variable es precisamente eso: participar en esos proyectos, en esas mentes brillantes y en los resultados que generan.

Y luego está el otro lado, quizá más técnico pero igual de importante. Está demostrado que permanecer invertido es clave para obtener rentabilidad a largo plazo. Perderse solo unos pocos días —los mejores o incluso los peores— puede tener un impacto muy significativo en el resultado final de una cartera.

Por supuesto, eso no significa que no haya que hacer ajustes. Es lógico adaptar pesos o apoyarse en vehículos de inversión gestionados por equipos con experiencia, capaces de navegar distintos entornos —como comentábamos antes, fondos con décadas de historia que han atravesado todo tipo de ciclos—. Pero, en esencia, el

Mathias Blandin: Creo que en el fondo, es algo bastante claro: es una de las clases de activo más atractivas a largo plazo. Si hablamos de generación de rentabilidad, históricamente es la que mejores resultados ha ofrecido. Pero más allá de eso, hay un factor muy importante que ya comentaba Gonzalo: la erosión del capital. Al final, el objetivo de cualquier inversor es hacer crecer su patrimonio, y en un entorno como el actual, marcado por tensiones geopolíticas y posibles repuntes de inflación, el poder adquisitivo se ve amenazado. La inflación reduce el valor real del dinero, y la renta variable, a largo plazo, es una de las mejores herramientas para combatir ese efecto.

Además, hay un aspecto muy relevante desde el punto de vista del comportamiento del inversor. Cuando surgen dudas o aumenta la incertidumbre, es relativamente fácil tomar la decisión de salir del mercado. El problema viene después: volver a entrar.

Muchas veces el inversor piensa que puede esperar a un mejor momento, a que el mercado caiga un poco más. Pero la realidad es que los rebotes suelen ser rápidos y difíciles de anticipar. Y cuando quieres volver a entrar, una parte importante de la subida ya se ha producido.

Por eso, en lugar de intentar acertar el momento exacto —algo extremadamente complicado—, creemos que es más eficiente mantenerse invertido, con una visión de largo plazo, y realizar ajustes en la cartera cuando sea necesario: en los pesos, en los fondos seleccionados o en la exposición a determinados sectores.

Pero siempre con una idea clara: mantenerse en el mercado es clave para capturar las oportunidades y construir rentabilidad en el tiempo.

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