Con la volatilidad observada en las bolsas globales durante los últimos trimestres, ¿cuáles son los principales riesgos y oportunidades que ves para los inversores en acciones este año, y cómo deberían posicionarse según su perfil de riesgo?

La pregunta invita, en primer lugar, a una reflexión de fondo: estamos ante un cambio de paradigma. Tradicionalmente, la volatilidad se ha entendido, y así se ha estudiado, como un fenómeno coyuntural. Sin embargo, lo que estamos constatando es que ya no se trata de una circunstancia puntual limitada a unos pocos trimestres, sino de un elemento claramente estructural en el mundo de la inversión.

Este carácter estructural responde, en gran medida, a la creciente tensión geopolítica entre grandes bloques: por un lado, China y los países BRICS, y por otro, Estados Unidos y sus aliados. Esta rivalidad está generando inestabilidades en ámbitos clave como la defensa, los acuerdos comerciales o las cadenas de suministro. La volatilidad ha pasado a formar parte de nuestras carteras y de nuestras vidas de manera permanente, no como un episodio aislado. Y, además, el contexto actual no podría ser más complejo.

En este entorno identificamos varios riesgos que actúan como combustible de esta volatilidad estructural. El primero de ellos son las valoraciones. Los mercados presentan niveles exigentes, tanto si analizamos el ratio precio/beneficio como si utilizamos métricas ajustadas como el CAPE de Shiller. Las valoraciones de los principales mercados se encuentran en niveles elevados, lo que constituye una de nuestras mayores preocupaciones a la hora de construir carteras. A pesar de aplicar herramientas de control como los stop loss y de vigilar estrechamente estos niveles, el mercado sigue mostrando comportamientos claramente irracionales.

Otro riesgo relevante, que al mismo tiempo genera oportunidades, es el elevado nivel de masa monetaria en circulación. Los agregados monetarios M2 y M3 se encuentran en niveles históricamente altos. A ello se suma un repunte incipiente de la inflación, que, aunque parecía controlada, vuelve a mostrar presión alcista. La combinación de abundante liquidez y presión inflacionaria tiende a tensionar aún más las valoraciones de los activos financieros.

También seguimos muy de cerca el ciclo económico. La teoría económica nos recuerda que los mercados financieros suelen anticiparse a la economía real, y ya estamos observando señales de ralentización en la economía financiera, compatibles con una fase previa a una posible recesión. Aunque los datos macroeconómicos aún no son especialmente negativos, sí percibimos un menor crecimiento del PIB y una creciente dificultad para que las empresas superen los resultados de ejercicios anteriores. Todo apunta a un escenario de soft landing, que convierte al ciclo económico en otro foco de atención clave.

A ello se suman las tensiones geopolíticas: la guerra entre Rusia y Ucrania, el conflicto en Oriente Medio, las fricciones con Irán, los movimientos de la administración Trump, la situación en Venezuela, Groenlandia o el mar de China con Taiwán. Aunque estos episodios suelen tener impactos más bien temporales en los mercados, añaden ruido, tensión e incertidumbre al entorno inversor.

En Europa, además, debemos considerar los riesgos regulatorios, que generan ineficiencias y afectan negativamente a la competitividad de empresas y mercados. Por último, la evolución de la inflación, los tipos de interés y los elevados niveles de endeudamiento completan el mapa de riesgos que estamos monitorizando muy de cerca.

Dicho esto, como bien recoge la cultura china, todo riesgo encierra también una oportunidad. Y en este contexto, observamos varias. En un entorno de inflación contenida pero con presión alcista y elevada liquidez, los activos que protegen frente a la inflación cobran especial relevancia. Lo estamos viendo en las materias primas, metales preciosos, industriales y agrícolas, en el real estate rural y en el sector inmobiliario en general, cuyos valores y rentas tienden a ajustarse con la inflación.

Asimismo, en un escenario de posibles bajadas de tipos, especialmente en Europa y potencialmente en Estados Unidos, los bonos, en particular los bonos estadounidenses, pueden ofrecer recorrido en precio ante la caída de las yields.

Otro segmento con potencial es el de las pequeñas y medianas compañías, tanto en Europa como en Estados Unidos, que suelen beneficiarse especialmente de un entorno de tipos más bajos y mayor acceso al crédito. Creemos que el universo small y mid caps puede ofrecer oportunidades interesantes.

También identificamos valor en activos con bajo endeudamiento y sólidos fundamentales, como la renta fija emergente, donde los niveles de deuda son sensiblemente inferiores a los de los países desarrollados. Del mismo modo, vemos oportunidades en el private equity, especialmente en compañías medianas y pequeñas con generación de caja recurrente y balances saneados.

Por último, las estrategias alternativas están cobrando un peso creciente. Los hedge funds, especialmente las estrategias global macro, market neutral o de baja beta, pueden aportar valor en un entorno de altas valoraciones y mayor dispersión entre activos. Creemos que estas estrategias deben ganar peso en las carteras.

En definitiva, no se trata tanto de estar más o menos invertidos en función de los riesgos, sino de estar mejor invertidos.

Dado que las políticas de los bancos centrales siguen impactando los mercados de renta fija y variable, ¿cómo recomiendas equilibrar la asignación entre acciones, bonos y alternativas dentro de una cartera diversificada en el contexto actual?

Los bancos centrales, y en especial el Banco Central Europeo, están adoptando un enfoque claramente dependiente de los datos, con un seguimiento muy estrecho de la inflación. Conviene recordar que no todos los bancos centrales tienen el mismo mandato: mientras el BCE se centra exclusivamente en el control de precios, la Reserva Federal combina ese objetivo con el estímulo del crecimiento económico.

La combinación de presiones para bajar tipos, políticas fiscales expansivas y un entorno macro incierto nos lleva a replantear la asignación de activos. Por un lado, creemos necesario ajustar la exposición a renta variable. Actualmente, el earning yield del S&P 500 es inferior a la rentabilidad del bono estadounidense a 10 años, lo que indica que el retorno esperado de la renta variable es particularmente bajo en relación con su riesgo. En este contexto, resulta razonable reducir exposición en los mercados más sobrevalorados.

A cambio, pensamos que la renta fija puede recuperar protagonismo. En la coyuntura actual, preferimos duraciones más cortas, en el entorno de 3 a 5 años. La renta fija emergente, por sus menores niveles de endeudamiento, puede ir ganando peso en las carteras. En cuanto al high yield, somos selectivos: el diferencial es atractivo y las tasas de impago siguen siendo bajas, lo que permite encontrar oportunidades en emisores con balances sólidos.

Donde sí estamos siendo más activos es en la inversión alternativa. Siguiendo el enfoque de grandes endowments universitarios y family offices, observamos un creciente peso de estas estrategias en carteras bien diversificadas. Destacamos el private equity, especialmente en infraestructuras, con especial interés en infraestructuras tecnológicas y energéticas, así como el sector inmobiliario.

¿Qué sectores o regiones geográficas crees que están mejor posicionados para generar retornos ajustados al riesgo en 2026, y por qué? ¿Hay áreas que los inversores deberían evitar o vigilar con cautela?

Desde el punto de vista geográfico, conviene recordar una conocida frase de Warren Buffett: uno de los grandes errores históricos ha sido invertir en contra de Estados Unidos. A pesar de que sus valoraciones son más exigentes que en otras regiones, seguimos apostando por Estados Unidos, principalmente por su liderazgo en innovación. La ventaja tecnológica, la inversión en I+D, una regulación más flexible y el impulso a la industria nacional hacen que siga siendo una región núcleo en las carteras, aunque con un enfoque más selectivo.

Europa, por su parte, ofrece valoraciones mucho más atractivas. Aunque se trata de un mercado maduro y regulado, su fortaleza industrial sigue siendo relevante, especialmente en el contexto del nuevo impulso al gasto en defensa. Es previsible que se produzcan flujos de capital desde mercados caros hacia otros con valoraciones más razonables.

Los mercados emergentes también deben estar en el radar, aunque con cautela en el caso de China. Existen numerosos países emergentes con bajo endeudamiento, tipos aún elevados y tasas de crecimiento muy superiores a las de las economías desarrolladas. Casos como México, beneficiado por el nearshoring, son ejemplos claros.

Por sectores, seguimos viendo oportunidades en defensa y ciberseguridad, infraestructuras energéticas y tecnológicas, utilities, financieros europeos, sanidad, biotecnología y consumo básico. Son sectores que, por su carácter estratégico o defensivo, pueden comportarse bien en un entorno de desaceleración económica.

En tu rol liderando soluciones de wealth management, ¿cómo está adaptando iCapital sus propuestas para ayudar a los clientes a gestionar riesgos y, al mismo tiempo, aprovechar oportunidades de crecimiento?

Nuestra principal ventaja competitiva es un enfoque verdaderamente global y holístico. No nos limitamos a la gestión de carteras; abordamos tanto los aspectos tangibles, riesgo, asignación de activos, estructuración, como los intangibles, ayudando a nuestros clientes a definir políticas de inversión de largo plazo y formando a las familias y a las siguientes generaciones para que tomen decisiones más racionales, especialmente en momentos de estrés.

La arquitectura abierta, multibanco y multigestora nos permite analizar distintas visiones del mercado y construir estrategias más robustas, evitando sesgos y enfoques cerrados. Esto mejora sustancialmente la gestión del riesgo y la identificación de oportunidades.

En la práctica, estamos reduciendo exposición a la economía financiera para incrementar la inversión en economía real, como real estate e infraestructuras energéticas y tecnológicas. Preferimos sacrificar liquidez a corto plazo a cambio de proteger las carteras frente a caídas abruptas derivadas de decisiones emocionales.

Además, diseñamos políticas de inversión basadas en objetivos personales, más allá de los requisitos regulatorios. Creemos que el mayor riesgo no es la volatilidad en sí, sino una mala asignación del capital y la ausencia de una visión estratégica acompañada de formación financiera. Ese enfoque integral, sin personalismos ni egos, es lo que nos permite ofrecer una gestión sólida y coherente en el largo plazo.