El presidente Trump prorrogó ayer el alto el fuego, supuestamente para facilitar el avance de las negociaciones. Los mercados financieros están descontando una elevada probabilidad de que el tráfico a través del estrecho de Ormuz se normalice en el corto plazo. Nuestro modelo basado en teoría de juegos indica que un acuerdo limitado para reabrir el estrecho sería el resultado más racional para ambas partes, por lo que sigue siendo nuestro escenario central. No obstante, también pone de manifiesto que una interpretación errónea de las intenciones del otro actor podría derivar en una nueva escalada de tensiones antes de alcanzar dicho desenlace.
Desde el inicio de la guerra en Oriente Medio, los mercados financieros han venido descontando un escenario de desescalada. Coincidimos en que este sigue siendo el desenlace más probable, aunque persiste el riesgo de que el camino hacia la paz requiera antes una intensificación adicional de las hostilidades. Ambas partes parecen convencidas de que será la otra la que ceda primero. Aunque el presidente Trump prorrogó el alto el fuego el martes, un día antes de su expiración, la desconfianza mutua sigue siendo profunda y las posiciones continúan muy alejadas.
Para estructurar nuestro análisis, hemos construido un modelo basado en teoría de juegos. Esta nota expone la lógica del modelo, dejando la formulación formal para el apéndice. El Gráfico 1 muestra las decisiones y sus respectivos pagos en cada fase. Los cálculos correspondientes se encuentran en el apéndice. El objetivo del modelo no es asignar probabilidades a escenarios concretos, sino ofrecer un marco para analizar la secuencia de movimientos, las motivaciones y las restricciones a las que se enfrentan ambos actores.
El modelo también sugiere que podríamos haber alcanzado un punto en el que a ambas partes les conviene encontrar un acuerdo. No obstante, cualquier pacto se centrará previsiblemente en las condiciones para la reapertura del estrecho. Es posible que incluya referencias al programa nuclear iraní, pero de forma superficial, dejando los aspectos más controvertidos para negociaciones posteriores.
Gráfico 1: un juego secuencial sugiere que un compromiso es el resultado más probable
Para los mercados financieros y la economía global —y, por extensión, para la administración estadounidense— la prioridad inmediata es la reapertura del estrecho de Ormuz. Para Irán, el cierre constituye una fuente de poder negociador. Cuanto más se prolonga, mayor es ese poder. Sin embargo, este efecto opera en ambas direcciones: a medida que aumenta el daño sobre la economía global, también lo hace la presión externa, especialmente por parte de China, que depende en gran medida de rutas marítimas abiertas.
El bloqueo naval estadounidense debe interpretarse en este mismo contexto. El coste marginal de esta escalada adicional para Estados Unidos parece relativamente bajo, mientras que esta medida podría reducir la capacidad de Irán para resistir, dado que el bloqueo asfixia su economía. Esto incrementa las probabilidades de alcanzar un acuerdo formal (Fase 1 en el Gráfico 1).
Irán tiene incentivos para escalar mientras los beneficios superen a los costes. Entre los beneficios se incluyen un mayor poder de negociación a través de precios del petróleo más altos, la posibilidad de obtener mejores condiciones en un eventual acuerdo y evitar el coste interno de parecer que cede. Entre los costes figuran los daños militares y económicos, el incremento de la presión externa y un mayor riesgo para la supervivencia del propio régimen.
Con cada ronda de escalada, este equilibrio se desplaza. Los costes se acumulan, especialmente a medida que se intensifica la presión económica y militar. Al mismo tiempo, el coste reputacional de retroceder disminuye, dado que el régimen ya ha demostrado resiliencia mediante su control del estrecho de Ormuz. Sin embargo, los beneficios esperados de seguir resistiendo tienden a reducirse a medida que disminuye la probabilidad de obtener resultados favorables. En particular, la posibilidad de que Estados Unidos simplemente se retire —el escenario más ventajoso para Irán— se reduce, mientras que aumenta la probabilidad tanto de un conflicto prolongado como de una negociación forzada.
El acuerdo alcanzado hace dos semanas y la represalia limitada frente al bloqueo naval estadounidense constituyen, en nuestra opinión, un punto de inflexión. Revelan un cambio en el cálculo estratégico de Teherán: una mayor escalada deja de ser rentable (Fase 2 en el Gráfico 1).
Para Estados Unidos, los precios más altos del petróleo y el incremento del gasto militar influyen en su cálculo estratégico. Se enfrenta a tres opciones generales: alcanzar un acuerdo, retirarse sin un pacto formal o escalar aún más. Suponemos que un acuerdo es preferible a una retirada, y que ambas alternativas son mejores que un conflicto prolongado. Si bien poner fin a las hostilidades aporta beneficios de estabilización, también conlleva costes estratégicos, que serían mucho mayores en el caso de una retirada unilateral.
La escalada, por tanto, solo resulta racional si la administración estadounidense considera que las probabilidades de lograr un acuerdo en la siguiente ronda siguen siendo elevadas y que dicho acuerdo tiene un valor suficiente. El tiempo parece jugar a favor de Irán, y esta asimetría opera en su beneficio. El alto el fuego y su reciente extensión, junto con el renovado enfoque de Washington en un acuerdo limitado, sugieren que ahora percibe una escalada adicional como menos atractiva.
En esta fase, la situación se asemeja a un equilibrio de Nash (Fase 3 en el Gráfico 1), un concepto de teoría de juegos —denominado así en honor al matemático John Nash— según el cual, en un juego con múltiples participantes, ninguno puede beneficiarse modificando unilateralmente su estrategia mientras los demás mantienen las suyas. Ambas partes parecen desear un acuerdo de paz. Ninguna muestra un incentivo claro para cambiar de rumbo y la desescalada se perfila como el resultado preferido.
Un cambio de dinámica requeriría que una de las partes reevalúe la disposición de la otra a negociar. Por ejemplo, Irán podría estar sobreestimando su capacidad de presión mediante el control del estrecho de Ormuz, elevando el coste estratégico de la acomodación para Washington hasta el punto de que una nueva acción militar vuelva a convertirse en la opción preferida.
Existe, además, un elemento adicional de complejidad. El poder dentro del régimen iraní está fragmentado y distintas facciones muestran grados diferentes de disposición a negociar. Apenas 24 horas después de que el ministro de Asuntos Exteriores anunciara el 17 de abril que el estrecho había sido reabierto, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica declaró que la situación no cambiaría mientras persistiera el bloqueo estadounidense. La administración Trump muestra un funcionamiento altamente disfuncional y una tendencia a interpretar erróneamente las señales de la otra parte: desde el inicio del conflicto, ha sobreestimado de forma sistemática la capacidad de Estados Unidos para doblegar al régimen iraní y ha infravalorado su resiliencia. Por último, la desconfianza profunda sigue dominando; y es probable que ambas partes sospechen que las negociaciones no son más que una maniobra para rearmarse. Si estas sospechas son lo suficientemente fuertes, continuar el conflicto se convierte en la opción racional.