Desde el repunte del viernes, el discurso en torno a las negociaciones de resolución entre Estados Unidos e Irán ha pasado de un alivio tentativo a un nuevo contexto de negociación coercitiva.
El alto el fuego en Líbano anunciado el viernes y la declaración del ministro de Asuntos Exteriores iraní sobre la reapertura del estrecho de Ormuz respaldaron brevemente la idea de que el conflicto estaba entrando en una senda de desescalada. Ese optimismo, sin embargo, se topó con una realidad más desagradable durante el fin de semana: Irán volvió a endurecer su postura respecto al estrecho, Estados Unidos incautó el domingo un buque con bandera iraní cerca de Ormuz y los precios del crudo repuntaron ante la persistente y grave alteración del tráfico de petroleros.
Aun así, la diplomacia no ha desaparecido y parece que habrá una segunda ronda de negociaciones en Islamabad a partir de mañana martes pese a los continuos anuncios y desmentidos por ambas partes. Pero creemos que esta brecha entre la retórica pública y la mediación privada refleja probablemente un posicionamiento interno por parte de Irán, más que un colapso real del proceso diplomático.
Como resultado, nuestro escenario central sigue siendo el de una resolución desordenada, con elevado ruido, aunque el riesgo de cola de que las conversaciones fracasen y el conflicto se reanude en forma de una mayor escalada sigue siendo significativo, en torno al 30 %. En particular, y tal y como señalamos en nuestra nota de la semana pasada, la escalada híbrida podría coexistir con las conversaciones: creemos que eso es precisamente lo que estamos observando ahora.
Tras el anuncio del alto el fuego, los mercados pasaron rápidamente a descontar un desenlace excepcionalmente limpio. Esa lectura parece complaciente. El contexto físico sigue siendo claramente tenso, los movimientos de petroleros continúan afectados y el último incidente militar pone de manifiesto hasta qué punto el proceso podría volver a deslizarse fácilmente hacia una escalada.
Desde un punto de vista estratégico, la relevancia a medio plazo de este episodio dependerá en gran medida de lo que ocurra a partir de ahora con Ormuz. Si el estrecho sigue siendo vulnerable, incluso sin un colapso total de las conversaciones, la lección de política económica para los países importadores será evidente: construir una mayor resiliencia doméstica, diversificar las rutas de suministro y reducir la dependencia de cuellos de botella marítimos únicos. En ese sentido, el resto del mundo podría acabar tomando prestado el enfoque de China: la seguridad energética ocupa desde hace tiempo un lugar destacado en su agenda política, con una década de esfuerzos centrados en reducir la vulnerabilidad a dependencias energéticas externas. Es probable que este conflicto acelere reflexiones similares en otros países, especialmente entre los grandes importadores de energía.
En términos sencillos, y en contra de lo que sugerían los precios de mercado, el alto el fuego no representó un final limpio a esta situación, sino que simplemente compró tiempo para un nuevo impulso diplomático, dejando sin resolver la cuestión clave: quién controla los términos de paso por el estrecho y bajo qué acuerdo político.
Las implicaciones macroeconómicas, por tanto, siguen incluyendo unos precios del petróleo con una prima respecto a los niveles previos a la guerra -una prima que solo se disipará de forma clara si el transporte marítimo se normaliza más rápido y de manera más duradera de lo que actualmente parece probable- y unos bancos centrales que, en general, tienden a mirar más allá del shock, equilibrando los riesgos al alza sobre la inflación con los riesgos a la baja sobre el crecimiento. Hasta que eso ocurra, la resolución desordenada sigue siendo el escenario central, pero con suficientes riesgos de cola como para que la valoración actual de los mercados resulte excesivamente serena.