
En 2025, el capital privado superó todos sus registros al alcanzar 9,917 billones de dólares en activos bajo gestión, tras haber crecido más de un 570 % desde 2010, según el último informe de Ocorian. El avance del último año estuvo liderado por Asia, que aportó casi un tercio del crecimiento global, mientras América del Norte concentró el 57% del total mundial, confirmando su dominio en un mercado que apunta a otro salto del 75,5% adicional de aquí a 2030.

Tras varios ejercicios marcados por la volatilidad macroeconómica, el ajuste de valoraciones y una actividad contenida, el sector comienza a dejar atrás una fase de transición. Pero el verdadero cambio de ciclo podría no haber llegado todavía. Para Isabel Rodríguez, socia de Fondos de Addleshaw Goddard, 2026, especialmente su segunda mitad, puede marcar un punto de inflexión más sólido que el vivido en 2025.
“A diferencia del año pasado, ya no estaríamos hablando solo de un rebote cíclico, sino de una normalización más profunda del mercado”, explica. "A la estabilización de los tipos de interés y al ajuste de valoraciones se suma ahora una presión creciente por rotar carteras y reactivar desinversiones, con un pipeline de operaciones que empieza a mostrar mayor consistencia. El elevado volumen de dry powder acumulado y unas condiciones de financiación algo más favorables deberían traducirse en un repunte de la actividad, aunque en un entorno “claramente más competitivo y exigente en términos de ejecución y rentabilidad”.
Los sectores donde se concentra el interés inversor
Más allá del momento del ciclo, el atractivo del private equity se apoya en tendencias estructurales de largo recorrido que están definiendo dónde se dirige el capital. Según Isabel Rodríguez, el foco de los inversores se concentra hoy en tecnología, especialmente inteligencia artificial, software y defensa, salud, infraestructuras y transición energética.
“No se trata de una cuestión coyuntural”, subraya. Detrás de este interés están factores como la digitalización de la economía, el envejecimiento de la población, la necesidad de modernizar infraestructuras críticas y los objetivos regulatorios de descarbonización. A ello se suma que muchos de estos sectores ofrecen ingresos más previsibles y un terreno especialmente propicio para la creación de valor desde el private equity, ya sea mediante mejoras operativas, crecimiento orgánico o estrategias de consolidación, en un contexto en el que los inversores son cada vez más selectivos.
Más liquidez, más sofisticación y más exigencias
El mercado también está cambiando en su estructura. El auge de los fondos semilíquidos y de vehículos regulados europeos, como los FILPE, está ampliando el acceso a los mercados privados y rompiendo con el modelo tradicional de fondo cerrado. Para los inversores, esto supone mayor flexibilidad y control sobre su exposición, aunque con una liquidez limitada y sujeta a mecanismos de gestión.
“Esto hace aún más relevante la educación financiera y la correcta alineación de expectativas”, apunta Isabel Rodríguez. Para la industria, el reto pasa por un mayor esfuerzo en el diseño y la distribución de producto, así como por adaptarse a exigencias regulatorias crecientes en materia de gestión de liquidez, valoraciones, reporting y control de riesgos, especialmente bajo el nuevo marco de AIFMD II.
Desinversiones, secundarios y presión por devolver capital
Tras años de menor actividad, la presión por devolver capital a los inversores se ha convertido en un factor clave en la dinámica actual del private equity. En este contexto, el mercado de secundarios se ha consolidado como una herramienta estructural, tanto en operaciones LP-led como GP-led, que hoy representan una parte cada vez más relevante de las salidas.
Al mismo tiempo, una mejor alineación de valoraciones y un acceso algo más fluido a la financiación están facilitando la reactivación de las desinversiones, aunque todavía de forma selectiva. El resultado es una diversificación de las vías de salida y una menor dependencia de los métodos tradicionales.
España: protagonismo creciente en el mid-market europeo
Dentro de Europa, España ha ido ganando peso de forma progresiva, especialmente en el segmento mid-market. La actividad ha crecido de manera sostenida y el capital internacional tiene cada vez más presencia en las operaciones. Aunque persisten retos en la captación de fondos, con una base institucional todavía reducida, el país ofrece un tejido atractivo de pymes y mid-caps con margen de profesionalización y consolidación.
Los sectores que más capital están atrayendo son, de nuevo, tecnología y digitalización, salud, infraestructuras y energía, con especial énfasis en la transición energética, además de servicios y plataformas B2B, en línea con las grandes tendencias del mercado europeo.
Mirando a 2030: más tamaño, más competencia
A medio y largo plazo, todo apunta a un private equity más grande, más diverso y más sofisticado. Ganarán peso los fondos de secundarios, los vehículos semilíquidos y, sobre todo, la creación de valor operativo, frente a estrategias basadas únicamente en el apalancamiento financiero.
Las oportunidades seguirán concentrándose en sectores estructurales como tecnología, salud y transición energética, pero el entorno será cada vez más competitivo. La presión sobre rentabilidades y comisiones, los desafíos en la gestión de la liquidez y el aumento de las exigencias regulatorias marcarán la agenda de gestores e inversores. Un escenario que, como resume Isabel Rodríguez de Addleshaw Goddard, será “más dinámico, pero también más selectivo”.
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