Muchas de las principales economías asiáticas se encuentran entre las más vulnerables a la crisis energética provocada por el conflicto de Oriente Medio, una realidad que se reflejó en las fuertes caídas de los mercados bursátiles de toda la región cuando comenzó la guerra a finales de febrero.

Aunque la mayoría de los índices se han recuperado desde entonces gracias a los fundamentales de la economía y a los signos de distensión, mi reciente viaje de negocios a Japón y Corea me dejó claro que la región sigue viviendo una situación delicada. La incertidumbre en torno al impacto del conflicto en el suministro energético no se ha disipado.

La exposición de Japón es estructural. El petróleo crudo representa alrededor del 30% del consumo energético total del país, y aproximadamente el 90% de las importaciones proceden de Oriente Medio, principalmente de Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos. Japón es también uno de los mayores importadores de Gas Natural Licuado (GNL) entre las economías desarrolladas, aunque su cadena de suministro de GNL está más diversificada geográficamente, lo que compensa en parte su dependencia concentrada del petróleo crudo.

Factores de resiliencia

El impacto a corto y medio plazo del conflicto sobre el suministro energético pesará en las deliberaciones del Banco de Japón en su reunión de esta semana, en la que se espera que mantenga los tipos de interés sin cambios, conservando así su margen de maniobra de cara a junio, a medida que se vayan aclarando los efectos inflacionistas de la crisis energética.

Lo que ha ayudado es que los precios del petróleo han retrocedido desde sus máximos de principios de abril, respaldados en parte por los flujos a través del oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudí, lo que ha evitado que los precios alcancen niveles más alarmantes. Nuestra hipótesis de base sigue siendo que la destrucción de la demanda no se materializará hasta que el petróleo se mantenga entre 150 y 175 dólares el barril durante seis meses o más. En el momento de redactar este informe, el petróleo cotizaba en torno a los 95 dólares.

Más allá del precio del petróleo, los amortiguadores macroeconómicos de Japón han proporcionado una protección significativa. El país cuenta con aproximadamente 250 días de reservas estratégicas de petróleo —una de las mayores de Asia y de entre las economías desarrolladas— y el Gobierno actuó con rapidez para restablecer las subvenciones a la gasolina, amortiguando el impacto sobre los consumidores y limitando la magnitud de la venta masiva de acciones en comparación con sus homólogos regionales.

En una posición constructiva

Aunque Japón sigue siendo una de las economías desarrolladas más expuestas al conflicto, mantenemos una visión optimista y nuestra sobreponderación en renta variable japonesa se mantiene sin cambios. Mi reciente visita ha reforzado, más que cuestionado, esa opinión.

Los argumentos a favor de la inversión a largo plazo se basan en varios factores importantes. La reforma del gobierno corporativo sigue ganando terreno, con un enfoque cada vez mayor en el valor para el accionista que impulsa una mejora estructural en los perfiles de rentabilidad. La economía se está fortaleciendo gracias a la estabilización de la inflación y a los importantes avances en el crecimiento de los salarios reales, mientras que las empresas con poder de fijación de precios pueden repercutir el aumento de los costes de los insumos para proteger sus márgenes. Reforzadas por una contundente victoria electoral, las políticas económicas y fiscales de la primera ministra Takaichi son, en general, favorables, especialmente en sectores estratégicos como la inteligencia artificial, la defensa y la construcción naval.

Atracción a largo plazo

Sin embargo, los riesgos que pesan sobre estas perspectivas son muy reales. El conflicto en Oriente Medio y su repercusión en los precios mundiales de la energía siguen siendo la principal preocupación. La volatilidad del yen es otro de ellos. Y un riesgo del que se habla menos, pero que podría ser significativo, radica en las restricciones de suministro de materiales industriales —azufre, helio y otros insumos relacionados— fundamentales para los procesos de fabricación. Si las perturbaciones se prolongaran hasta el verano, la producción industrial japonesa podría enfrentarse a limitaciones de capacidad, con consecuencias en cadena para las cadenas de suministro mundiales.

Dicho esto, los cimientos que sustentan nuestra visión optimista son sólidos. Un gobierno estable, unas reservas estratégicas considerables, un renovado apoyo fiscal, la recuperación de los salarios reales y un ciclo de beneficios empresariales que sigue siendo estructuralmente positivo proporcionan una plataforma para la recuperación a medida que se estabiliza el entorno macroeconómico.

Más allá de Japón, los intereses creados que impulsan la distensión en Oriente Medio son importantes y abarcan tanto a importadores y exportadores de energía como a los principales consumidores. Nuestra hipótesis de base sigue siendo que la situación en el estrecho se resolverá. El abanico de resultados es amplio, pero, salvo que se produzca un colapso en las negociaciones o una subida brusca del petróleo, seguimos siendo optimistas respecto a Japón y, en términos más generales, al crecimiento mundial y a los activos de riesgo.