El déficit comercial o por qué también yo lo tengo con la panadería del barrio
Todos hemos oído hablar alguna vez del déficit comercial. Ahora es de los términos que están de moda. Durante la crisis todos éramos expertos en la prima de riesgo. Ahora, el cuñado es un versado en déficit comercial. Y, por cierto, casi siempre en tono alarmista: que si el déficit crece, que si nos empobrece, que si es un síntoma de decadencia económica… Pero, cuidado, no es déficit fiscal, sino comercial. Porque no, el déficit comercial no es el coco. Es una consecuencia lógica de ciertos equilibrios —y desequilibrios— económicos. Es más: tener déficit comercial no es necesariamente malo. Y si no, que se lo digan a Estados Unidos… o a cualquiera que, como yo, tenga una relación perfectamente asimétrica con la panadería del barrio.