Era poco probable que 2026 fuera un año marcado por el beta general del mercado. El conflicto en Oriente Medio y la ola de ventas impulsada por la IA han hecho que ahora sea imposible ignorar esa posibilidad.
A medida que el conflicto en Oriente Medio entra en su tercera semana sin señales claras de distensión, la respuesta del mercado ha sido reveladora, no por su dramatismo, sino por su deliberada moderación.
No se ha producido una huida a gran escala hacia los refugios tradicionales, ni una rotación enérgica hacia los valores tecnológicos de gran capitalización, ni una venta indiscriminada de activos de riesgo. El S&P 500 se mantiene a menos de un 3 % de su máximo histórico alcanzado el 27 de enero.
Lo que estamos observando, en cambio, es un reposicionamiento más gradual y selectivo que en cualquier episodio de tensión comparable de los últimos años, lo que implica que los inversores ya están mirando más allá de la disrupción immediata hacia lo que podría deparar la segunda mitad del año, y se están planteando con mayor detenimiento qué activos deberían mantener en ese entorno.
Llegamos a 2026 con una visión menos optimista sobre el beta que la del consenso: nuestra expectativa siempre fue que la dispersión definiría las rentabilidades. Los temores impulsados por la IA en torno a la obsolescencia de los modelos de negocio que sacudieron los mercados a principios de año, y el conflicto de Oriente Medio que siguió, han reforzado esa tesis en dos frentes distintos. En ambos casos, los inversores que obtuvieron mejores resultados fueron aquellos que ya estaban preparados para un mundo de fortunas divergentes en lugar de una marejada alcista.
Precisión frente a participación
Una cartera basada en el beta parte de la idea de que una exposición amplia capta suficiente potencial alcista como para justificar un riesgo no diferenciado. Una cartera orientada a la dispersión adopta un punto de vista diferente: el lugar en el que se invierte importa mucho más que la cantidad de riesgo que se asume. El mercado parece estar llegando, de forma provisional, a la misma conclusión.
No estamos asistiendo a la típica rotación a gran escala hacia la tecnología de megacapitalización; hay cierta demanda de esos valores, pero es selectiva. La tendencia de semiconductores frente a software ha comenzado a revertirse, con el capital dirigiéndose hacia el software mientras que los semiconductores siguen bajo presión. Los refugios más seguros —ciertos bonos soberanos, ciertas empresas de gran capitalización— están registrando entradas de capital, pero no de manera uniforme. Como tal, parece más prescriptivo y deliberado, y creemos que es una señal positiva. Seguimos opinando que el crecimiento se materializará en la segunda mitad del año, pero quizá no en la forma prevista inicialmente.
Las reuniones de esta semana de la Reserva Federal y otros bancos centrales importantes se celebran en un contexto que ha cambiado sustancialmente desde sus últimos encuentros. La divergencia en las trayectorias de política monetaria está generando, por sí misma, una dispersión en los mercados de renta fija y divisas.
Para añadir complejidad, el precio del crudo Brent ha experimentado fuertes oscilaciones a raíz del conflicto, subiendo por encima de los 100 dólares por barril y volviendo a caer por debajo de ese nivel en función de las noticias. Aún no se puede descartar una ruptura sostenida por encima de ese nivel, lo que tendría importantes implicaciones para las expectativas de inflación, los plazos de los recortes de tipos y el impulso desinflacionista que ha sustentado los mercados de renta fija y de renta variable durante los últimos 18 meses.
Es precisamente esta superposición de la complejidad macroeconómica a la incertidumbre geopolítica lo que hace que el posicionamiento selectivo sea a la vez más exigente y más rentable.
Dónde vemos oportunidades
Al inicio de este año, adoptamos una postura selectivamente propensa al riesgo: nos alejamos de los valores de gran capitalización estadounidenses para orientarnos hacia las de pequeña y mediana capitalización y los mercados emergentes; y, en renta fija, aprovechamos oportunidades en la duración fuera de EE. UU. y en el crédito estadounidense. Las materias primas, los mercados privados y las estrategias de rentabilidad absoluta también adquirieron un papel cada vez más central. Muchas de estas posiciones siguen vigentes y mantenemos nuestra postura selectivamente favorable al riesgo, pero los acontecimientos recientes han complicado considerablemente el panorama.
En la renta variable estadounidense, la tendencia de diversificación hacia las empresas de pequeña capitalización y los valores cíclicos se ha estancado momentáneamente, pero la lógica subyacente sigue siendo sólida y el retroceso ha mejorado los puntos de entrada. La diferencia entre invertir en los segmentos adecuados y en los inadecuados del mercado estadounidense es, en el entorno actual, considerable. En renta fija, la oportunidad se centra en los vencimientos intermedios, donde la ampliación de los diferenciales en emisores de calidad ha creado puntos de entrada y el perfil de duración limita la sensibilidad ante cualquier repunte de la inflación.
En los mercados emergentes, la oportunidad es atractiva, pero exige precisión. A pesar de la percepción tan extendida de que los mercados emergentes son, por naturaleza, una asignación de alto riesgo en un entorno de tensión, se trata cada vez más de un área en la que los inversores están considerando seriamente aumentar su exposición, incluso cuando el estado de ánimo general sigue siendo de aversión al riesgo. Las presiones estructurales de China y su perfil de importación de energía nos hacen reflexionar. Brasil, por el contrario, se beneficia de una relativa independencia energética y de la dinámica de la demanda interna, lo que lo deja al margen de las presiones del lado de la oferta que pesan sobre sus homólogos importadores de energía. Es más, aunque los países del Consejo de Cooperación del Golfo merecen cautela a corto plazo, una posición fiscal reforzada por los elevados ingresos petroleros deja a la región, en general, bien posicionada para acelerar sus objetivos a largo plazo en los mercados de capitales.
La estructura por encima del instinto
El incrementalismo que se observa en los mercados puede reflejar un cierto cansancio —o algo más sustancial—: una auténtica reevaluación de los fundamentales económicos que explica por qué no se ha producido la típica carrera a gran escala hacia el riesgo. Las decisiones de los bancos centrales de esta semana ayudarán a aclarar el panorama, pero es poco probable que lo resuelvan por completo.
Esto convierte la construcción de la cartera, y no el timing del mercado, en la variable crítica. La diversificación no es aquí simplemente una herramienta de gestión del riesgo, sino un motor activo de rentabilidad, que garantiza que la exposición a las oportunidades que surgen no se vea diluida por posiciones indiscriminadas en otros activos.
Tanto en la renta variable cotizada como en los mercados privados y la renta fija, esto apunta sistemáticamente hacia la calidad: poder de fijación de precios, solidez del balance y baja sensibilidad al traspaso de los costes energéticos. En un entorno de dispersión, la estructura de asignación es la fuente de alfa, no la predicción del mercado, y 2026 ya nos ha dado dos claros recordatorios de esa realidad.