En declaraciones que bordearon el insulto cortés hacia su predecesor, Jerome Powell, que sigue siendo miembro del Consejo de Gobernadores, acusó implícitamente a la Fed de no haber luchado lo suficiente contra la inflación durante más de cinco años.

Lo cierto es que, en este periodo, el aumento de los precios supera ampliamente el objetivo oficial de la Fed, fijado en el 2%: desde junio de 2021, ha promediado un 3,8% y nunca ha bajado del 2,6%. Sin embargo, el nuevo presidente, fiel a su postura ortodoxa en política monetaria, afirmó con rotundidad que «la inflación se elige» y, por lo tanto, la responsabilidad de ello recae en la Fed de ayer. Todo debe cambiar y todo va a cambiar.

Como primer cambio, a partir de ahora la Fed va a abstenerse de dar orientaciones a los mercados. A diferencia de la postura adoptada desde la crisis de 2008, cuando una política monetaria previsible era muy valorada por unos mercados sacudidos por una crisis que no habían visto venir, Warsh considera que ahora la Fed debe nutrirse de las señales procedentes de los mercados, no al contrario. La consecuencia directa es que el comunicado de prensa del banco central ya no trazará una trayectoria implícita para la política monetaria, sino que se limitará estrictamente a enunciar los hechos. Así pues, los mercados deberán extraer sus conclusiones: en lugar de tratar de prever sistemáticamente la reacción de la Fed ante cada dato macroeconómico, deberán resignarse y esperar a que se pronuncie. En concreto, el mantra bad news is good news podría perder una gran parte de su vigencia.

El segundo gran cambio es que la inflación concentrará el grueso de los esfuerzos, a riesgo de relegar a un segundo plano la otra pata del mandato de la Fed, el pleno empleo, sobre el que se pasó prácticamente de puntillas durante la última comparecencia. Es cierto que, con una tasa de paro del 4,3 %, no se percibe urgencia alguna, pero incluso cuanto esta coqueteaba con el 10% en 2010, Kevin Warsh se distinguía ya por un posicionamiento claramente menos expansivo que el de sus homólogos. Esa es, por otra parte, la razón por la que salió de la Fed en 2011, en desacuerdo con la ampliación de las políticas de compra de activos. Después de haber trabajado en estrecha colaboración con Ben Bernanke durante la fase aguda de la crisis de 2008, consideró que no era necesaria una nueva ampliación del balance y prefirió dejar clara su oposición dimitiendo.

Esta intransigencia constituye actualmente el marco de una tercera ruptura. Nombrado por Donald Trump, quien sin duda valoraba sus críticas a los cambios realizados por un Jerome Powell convertido en chivo expiatorio del presidente, Warsh no tiene intención de ser un continuista. Se perfila como un reformador, incluso como un liquidador de algunas prácticas heredadas, y ha lanzado cinco iniciativas estratégicas en este sentido: la comunicación (punto y final al forward guidance); el tamaño y la composición del balance, que pretende normalizar; las herramientas estadísticas que se consideran deficientes; el análisis de las dinámicas del empleo y la productividad en la era de la inteligencia artificial; por último, y sobre todo, el marco doctrinal de lucha contra la inflación en un contexto en el que durante los últimos años se venía planteando una relajación del objetivo.

Al designar a un francotirador al frente de la Fed, Trump ha pasado la página de Powell, pero también ha escogido a una personalidad con convicciones firmes y dispuesta a romper con los esquemas establecidos. En un entorno en el que las expectativas de subidas de tipos aumentan, pese a que la Casa Blanca preferiría una relajación monetaria, se dan las condiciones para un posible enfrentamiento.
Durante el primer mandato de Trump, el entendimiento con la Fed apenas duró seis meses. Con un patrón decididamente más intransigente al timón de la entidad, ¿cuánto durará la luna de miel?