El mito de la inmaterialidad
La inteligencia artificial (IA) suele describirse como una revolución digital impulsada por algoritmos y datos. Sin embargo, en la práctica, la IA está muy arraigada en un complejo ecosistema físico e industrial. Durante mucho tiempo, la ilusión de la «nube» alentó la idea de una tecnología desmaterializada. En realidad, los centros de datos son infraestructuras con un alto componente industrial que emplean terrenos, servidores, sistemas de refrigeración y sistemas de suministro eléctrico redundantes. La IA basa su funcionamiento en una enorme infraestructura que consume una gran cantidad de energía y se encuentra concentrada desde el punto de vista geopolítico. Lejos de ser inmaterial, la IA constituye una de las transformaciones tecnológicas del siglo XXI que más recursos consume. El aumento explosivo de la IA generativa es un claro ejemplo de esta evolución: ChatGPT ha superado los mil millones de usuarios en tan solo tres años, lo cual supone una aceleración drástica de los ciclos de adopción de la tecnología. Esta aceleración exige una rápida ampliación de la potencia computacional y un consumo creciente de energía, metales y minerales.
Los fundamentos materiales de la IA
De media, cada megavatio (MW) de capacidad de potencia eléctrica instalada requiere alrededor de 27 a 33 toneladas de cobre, según la Agencia Internacional de la Energía (AIE). Por ejemplo, para la construcción del centro de datos de Microsoft en Chicago, valorado en 500 millones USD, fueron necesarias 2177 toneladas de cobre.
Cada país posee su propia lista de metales esenciales, que suele reflejar la dependencia de las importaciones desde otros países. La infraestructura de la IA requiere una gran variedad de materiales esenciales. Los elementos de tierras raras, como el neodimio, el disprosio, el itrio y el escandio, se usan en los imanes permanentes para sistemas de refrigeración, motores de precisión, unidades de disco duro y la electrónica de potencia.
De esta forma, los centros de datos requieren electricidad estable, redundante y disponible al instante. Este es el motivo por el que Mark Zuckerberg afirmó que «La energía, y no la potencia computacional, será el primer obstáculo para el progreso de la IA». Por ello, los metales industriales también son cruciales para las tendencias de electrificación generalizada que sustentan la expansión de la IA. En particular, se prevé que la demanda de cobre aumente de forma significativa conforme la IA acelere la electrificación y la ampliación de las redes eléctricas.
La IA: una revolución energética
Los centros de datos de IA a gran escala consumen enormes cantidades de electricidad, tanto para las operaciones de computación como para las funciones de refrigeración. Una sola consulta a ChatGPT consume tanta energía como una bombilla LED encendida durante una hora y media. Esto crea una dependencia indirecta del gas natural para garantizar la estabilidad de la red, del combustible nuclear para garantizar la fiabilidad del suministro básico, así como de una infraestructura de energía renovable. Esta limitación explica las enormes inversiones en energía, ya sea fósil, nuclear o renovable. Actualmente, los centros de datos representan aproximadamente el 2 % del consumo eléctrico mundial y podrían alcanzar el 4 % de aquí a 2035. A esto hay que sumar su enorme consumo de agua para procesos de refrigeración, equivalente en el caso de Google a 23.000 millones de litros en 2023. En pocas palabras, la inteligencia artificial se basa en una compleja red de materiales estratégicos, como semiconductores, materiales esenciales y componentes de telecomunicaciones. La capacidad para asegurarse el acceso a estos materiales, procesarlos e integrarlos definirá cada vez más el liderazgo tecnológico y la influencia geopolítica. Por lo tanto, la IA no es una competición meramente digital, sino también material. Además, la carrera por la IA es indisociable de la competencia energética. Ahora, la potencia computacional depende de la capacidad para producir y distribuir electricidad abundante a bajo coste.
La IA está en manos de tan solo unos pocos actores. En EE. UU., el mercado está dominado por OpenAI, Meta, Apple y Anthropic, junto con los hiperescaladores Amazon, Microsoft y Google. A día de hoy, ChatGPT (OpenAI) es la IA generativa más usada del mundo, con 70 millones de usuarios diarios. Entre sus equivalentes chinos están Baidu, Alibaba, Tencent, Xiaomi, Huawei, ByteDance y DeepSeek. Europa está esforzándose por abrirse camino en el mercado con la empresa francesa Mistral AI o la alemana Aleph Alpha.
Esta revolución gira en torno a los semiconductores, en especial las GPU. La empresa estadounidense NVIDIA, que ha alcanzado la valoración bursátil más alta del mundo, ha emergido como un actor crucial, al ser sus chips fundamentales para los modelos de aprendizaje automático. La rivalidad entre EE. UU. y China ha cristalizado en torno a estos componentes. En 2022, EE. UU. restringió las exportaciones de GPU a China, alegando motivos de seguridad nacional. Pekín respondió limitando las exportaciones de galio y germanio, materiales indispensables para la fabricación de equipos electrónicos. Este suceso se bautizó como la «guerra de los semiconductores». La situación se ha complicado aún más con la posición estratégica de la empresa taiwanesa TSMC, que acapara aproximadamente el 70 % del mercado mundial de chips de alto rendimiento. La dependencia por parte de EE. UU. de Taiwán, bajo la amenaza constante de China, constituye un importante riesgo geopolítico. En respuesta a esta vulnerabilidad, EE. UU. ha puesto en marcha una estrategia de reindustrialización. Se están construyendo nuevas plantas de semiconductores en suelo estadounidense, concretamente de Samsung y TSMC. Esta relocalización tiene por objeto asegurar el suministro de componentes esenciales.
EE.UU. ha invertido 335 000 millones de USD en IA a lo largo de más de diez años, mientras que China ha registrado un aumento considerable de su número de patentes en este campo. EE.UU. posee el mayor número de centros de datos a escala mundial, y Donald Trump pretende consolidar esta ventaja estratégica mediante el proyecto «Stargate»: un desembolso de 500.000 millones USD durante cuatro años, con financiación de OpenAI, el banco japonés SoftBank y el fondo MGX de los Emiratos Árabes Unidos. Europa, por su parte, parece depender de la infraestructura en la nube de EE.UU., a pesar de sus esfuerzos normativos. Por este motivo, la IA pasa a ser el principal escenario del reajuste de la jerarquía mundial. El dominio tecnológico ya no se limita a la esfera económica, sino que condiciona la superioridad militar y la influencia mundial. Requiere una reorganización mundial de las cadenas de suministro en función de consideraciones relativas a la seguridad nacional.
China domina toda la cadena de suministro de los metales
Ya en 1992, el expresidente chino Deng Xiaoping declaró «Oriente Medio tiene petróleo y China tiene tierras raras». En la actualidad, se sabe que China posee aproximadamente el 40 % de las reservas mundiales de tierras raras, por delante de Brasil, India, Australia, Rusia, Vietnam, EE.UU. y Myanmar. Esta supremacía es fruto de una estrategia industrial coherente que se puso en marcha en la década de 2000, caracterizada entre otras cosas por cuotas de exportación y la integración vertical de la cadena de valor. Esta concentración ofrece a Pekín una potente herramienta estratégica, tal como demuestra el uso que hace de las restricciones a las exportaciones de minerales y las tecnologías extractivas durante las tensiones comerciales. Esta concentración de la oferta hace que las economías occidentales dependan de China.
Se prevé que los precios de las materias primas industriales mantengan una tendencia estructural al alza debido a la oferta limitada y al aumento estructural de la demanda. Sin embargo, a corto plazo, los precios de las materias primas pueden fluctuar de forma significativa, lo que beneficia a las estrategias que ofrecen una exposición diversificada a las materias primas.
Los gobiernos han comprendido su dependencia estratégica de China en toda la cadena de suministro. En el futuro, con el fin de mitigar los obstáculos, intentarán diversificar y duplicar sus cadenas de suministro y seguir relocalizando la producción, con lo que aumentarán las necesidades de infraestructura. Esta situación debería beneficiar a todos los participantes interesados del sector. Los inversores pueden capitalizar un enfoque diversificado en las distintas empresas mineras implicadas en la extracción, las empresas metalúrgicas que se dedican a la refinería y las industrias de reciclado.