Los precios no llegan ciertamente a los récords observados en 2022 tras desencadenarse la guerra en Ucrania, cuando superaron los 300 euros el MWh, pero sí describen una tendencia alcista desde comienzos del año 2026 que excede ampliamente las hipótesis que han servido de base a algunas instituciones encargadas de predecir la inflación, como el Banco Central Europeo. Este hecho sugiere que la inflación futura y, por consiguiente, la presión sobre los tipos de interés podrían ser mayores de lo previsto.

La tendencia es más preocupante, si cabe, si tenemos en cuenta que son varios los factores que se conjugan para prolongarla. En primer lugar, el estrecho de Ormuz no parece estar cerca de reabrir de forma duradera. Las tensiones entre Irán y EE. UU. solo han aminorado durante la breve tregua de junio. Actualmente, la situación parece bloqueada, sin un avance perceptible en las negociaciones ni una evolución militar decisiva. El estrecho concentraba antes del conflicto alrededor del 20% del comercio mundial de gas natural licuado (GNL) y la realidad es que una parte del volumen perdido se ha compensado mediante un aumento de la producción en otras regiones del mundo, pero la Agencia Internacional de la Energía estima esta tasa de reemplazo en el entorno del 75%, lo que mantiene un déficit de oferta considerable en un mercado ya tensionado desde la crisis energética de 2022.

Además, aunque el estrecho reabriera de forma duradera, la producción catarí —esencial para el mercado mundial de GNL— seguiría estando obstaculizada durante varios meses al menos. De hecho, algunas instalaciones cruciales están inoperativas, sobre todo el complejo de Ras Laffan en Catar, la instalación de licuefacción de gas natural más grande del mundo. Es materialmente imposible que la actividad industrial pueda normalizarse a tiempo para el próximo invierno.

Por último, estas tensiones se inscriben en un contexto en el que las reservas gasistas europeas son netamente inferiores a su nivel habitual en este periodo del año. Según Gas Infrastructure Europe (GIE), el ente que centraliza los datos de los operadores europeos de almacenamiento, a comienzos de septiembre las reservas se situaban en apenas un 65%, frente a una media histórica cercana al 88% en este periodo. Se trata de una desviación considerable que augura un abastecimiento especialmente tenso este invierno. Este déficit se deriva no solo de los elevados precios observados en 2026, que han reducido el incentivo económico para constituir reservas, sino también de las dificultades de aprovisionamiento vinculadas a la competencia asiática por el GNL y a un verano especialmente cálido, que ha aumentado el consumo de gas destinado a la producción de electricidad para climatización. La posición de Alemania es especialmente delicada, ya que sus reservas apenas superan el 50%, mientras que su tejido industrial sigue siendo muy dependiente del gas.

Para colmo, la meteorología mundial podría agravar estas tensiones. El potente episodio de El Niño que sufrimos actualmente tiende a calentar y secar determinadas regiones de Asia y del Pacífico. Estas condiciones elevan la probabilidad de un aumento de la demanda asiática de gas, debido a las necesidades de climatización y a una producción hidroeléctrica potencialmente más baja de lo normal, por lo que podrían acentuar la competencia mundial por los cargamentos de GNL disponibles.

Por lo tanto, numerosos factores se han alineado actualmente a favor de un mercado gasista europeo muy tensionado este invierno, lo que probablemente provocará un repunte de la inflación y un descenso de la producción industrial. Estas tensiones beneficiarán ciertamente a algunos sectores, como la energía nuclear, las energías renovables, los actores de la electrificación… y los productores estadounidenses de GNL. Pero castigarán a otros sectores europeos que ya se encuentran en una situación delicada, sobre todo la industria química, los fertilizantes o la siderurgia.

Más allá del riesgo inflacionista, también está en juego la competitividad europea. Mientras que EE. UU. disfruta de un mercado gasista autosuficiente, Europa sigue dependiendo mucho del GNL importado y un diferencial duradero en el precio de la energía entre las dos orillas del Atlántico lastrará su atractivo industrial.

Con gran esfuerzo, Europa ha conseguido evitar la carestía energética desde 2022, pero nada garantiza que pueda luchar contra su desventaja industrial a medio plazo si el gas sigue estando anormalmente caro, puesto que la emigración de las fábricas está relacionada en parte con las moléculas de gas. Así, con independencia de las temperaturas, el invierno se anuncia caliente desde un punto de vista energético y volverá a poner a prueba la competitividad europea.