En noviembre de 2025, unos días antes de viajar a Estocolmo para reunirme con inversores, un compañero sueco me contactó para contarme que su país va a levantar la prohibición sobre la minería de uranio, vigente desde 2018. También mencionó los planes para construir pequeños reactores modulares. A partir de entonces, la energía nuclear se convirtió en el tema central de nuestras reuniones con inversores. Su entusiasmo era comprensible, y yo lo compartía.

Suecia puede no ser el primer país que viene a la mente al hablar de energía nuclear, pero esta decisión tiene peso por dos razones. En primer lugar, refleja un cambio más amplio. Países que se habían alejado de la energía nuclear están regresando a ella. Suecia opera actualmente seis reactores, que generan alrededor del 30% de su electricidad1, pero ha cerrado siete y no tiene ninguno en construcción. Su decisión en 2023 de sustituir el objetivo de una electricidad “100% renovable” por uno de electricidad “100% libre de fósiles” para 2040 señala un cambio de dirección claro, abriendo espacio para nueva capacidad nuclear.

En segundo lugar, Suecia concentra el 27% de las reservas conocidas de uranio de Europa. Esto hace que las implicaciones comerciales sean significativas, no solo a nivel doméstico, sino también para el mercado global del uranio. Con una demanda que se espera supere a la oferta, unos precios más altos podrían incentivar una mayor actividad minera.

Suecia no está sola. A medida que aumenta la demanda energética, especialmente por parte de industrias intensivas en consumo eléctrico como la inteligencia artificial, la energía nuclear se percibe cada vez más como una fuente fiable de energía de base, capaz de proporcionar suministro continuo, libre de emisiones y a gran escala. Al mismo tiempo, las tensiones geopolíticas, incluida la guerra en Irán, han reforzado la necesidad de reducir la dependencia de los combustibles fósiles. La seguridad energética es ahora tan importante como la sostenibilidad. La energía nuclear, aunque no está exenta de sus propias implicaciones geopolíticas, ofrece una alternativa que gana terreno junto a las energías renovables.

Los mercados comenzaron a prestar más atención a esta temática desde 2024, cuando los hiperescaladores empezaron a firmar grandes acuerdos nucleares para alimentar centros de datos. Pero el impulso se aceleró en mayo de 2025, cuando el presidente Trump anunció órdenes ejecutivas destinadas a cuadruplicar la capacidad nuclear de Estados Unidos para 2050. Ampliar la capacidad a esa escala en apenas 25 años no era algo que los mercados pudieran ignorar. El plan incluye la construcción de nuevos reactores, la extensión de la vida útil de los existentes, la mejora de la regulación y la inversión en tecnologías como los pequeños reactores modulares.

Estados Unidos ya está dando pasos en esa dirección. Han entrado en funcionamiento nuevos reactores, y movimientos de alto perfil como el acuerdo de Microsoft para reabrir Three Mile Island se han convertido en símbolos del renacimiento nuclear. A medida que crece la inversión en infraestructuras de inteligencia artificial, la energía nuclear está cada vez más vinculada a esa temática más amplia.

Al mismo tiempo, China ha avanzado a gran velocidad. Durante los últimos 15 años, mientras otros reducían capacidad, China se expandió agresivamente. Actualmente opera 61 reactores, tiene 38 en construcción y no ha cerrado ninguno. Su enfoque ha sido industrial. Diseños estandarizados, cadenas de suministro domésticas y escala han permitido un despliegue más rápido y más eficiente en costes. Esto ha creado un modelo a seguir y, para otros, una sensación de urgencia.

Más allá de Estados Unidos y China, otros países también están avanzando en esta dirección. Muchas economías asiáticas, altamente dependientes de combustibles fósiles importados, ven en la energía nuclear una forma de mejorar su seguridad energética. El regreso de Japón es especialmente significativo. Tras Fukushima, se alejó de la energía nuclear, pero ahora está reactivando reactores y se ha fijado como objetivo que al menos el 20% de su electricidad provenga de la energía nuclear en 2030. Si Japón puede dar ese giro de vuelta, envía una señal muy poderosa.

Los inversores suelen preguntar si, tras un sólido 2025, la oportunidad ya está descontada en precio. Nosotros creemos que no. La ambición de triplicar la capacidad global, o cuadruplicarla en Estados Unidos, está lejos de reflejarse en el pipeline actual. Ese pipeline tendrá que ampliarse de forma significativa y, con ello, surge la incertidumbre sobre qué compañías serán las beneficiadas.

Lo que sí está más claro es que un crecimiento de esta magnitud genera oportunidades a lo largo de toda la cadena de valor, desde productores de uranio hasta proveedores de servicios y desarrolladores tecnológicos. El caso de inversión en energía nuclear sigue fortaleciéndose, respaldado por la política y por el aumento de la demanda. Para los inversores, la cuestión ya no es tanto si esta temática existe, sino cómo y cuándo ganar exposición a ella.