Por ahora, lo primero parece improbable. El gobierno de Trump está optando por coaccionar a la presidenta interina, Delcy Rodríguez, para que permita un mayor protagonismo de las empresas petroleras estadounidenses en el país. Trump declaró recientemente que Venezuela enviaría hasta 50 millones de barriles de petróleo a Estados Unidos, lo que equivale a entre 30 y 50 días de producción venezolana. Además, Estados Unidos aún puede continuar sus operaciones en Venezuela para perseguir a otras figuras clave acusadas de narcotráfico, como el ministro del Interior, Diosdado Cabello, y el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López.

Según la Constitución venezolana, Rodríguez puede permanecer como presidente interino si los tribunales siguen considerando la ausencia de Maduro como temporal y, de ser considerada permanente, habría que convocar elecciones, algo que es poco probable que el régimen actual esté dispuesto a hacer y que enfrentaría desafíos logísticos y de credibilidad. Además, Estados Unidos parece oponerse a que la líder opositora María Corina Machado asuma el poder, dado que el aparato militar y de inteligencia, aún consolidado, sigue vinculado al partido gobernante PSUV.

Cualquier esfuerzo por restablecer el sector petrolero mediante participación extranjera tomará años. La situación sigue siendo inestable e incierta, y las inversiones tardarían en concretarse, incluso con el apoyo del gobierno estadounidense.

Desde una perspectiva más amplia, esto refuerza nuestra visión tradicional de un Trump más asertivo en lo que respecta a Latinoamérica (véase « Cómo el legado de Monroe domina los mercados en Latinoamérica »). El presidente ha prestado más atención a la región, que durante años había sido minimizada en la política exterior estadounidense, pero que recientemente ha cobrado mayor relevancia debido a cuestiones de política interna, como el narcotráfico y la migración, que afectan directamente a la base de Trump.

Una mayor asertividad por parte de Estados Unidos podría afectar tanto a México como a Colombia. El primero probablemente corra menos peligro dado el enfoque más cooperativo de la presidenta Claudia Sheinbaum en las relaciones con Estados Unidos, en el contexto de los estrechos lazos económicos y las negociaciones en curso del T-MEC. Mientras tanto, el presidente colombiano, Gustavo Petro, mantiene una postura desafiante hacia Trump, lo que aumenta la probabilidad de acciones más agresivas por parte de Estados Unidos. 

Las próximas elecciones presidenciales colombianas de mayo de 2026 serán un evento de riesgo a tener en cuenta, ya que podrían intensificar la incertidumbre política, la polarización y las tensiones externas en un momento en que la influencia de Estados Unidos sobre la región está aumentando.
Implicaciones para la inversión

En definitiva, se necesita hacer más para que Venezuela se recupere. El panorama actual sigue siendo incierto, ya que aún no se han aclarado las dinámicas de poder internas, ni se sabe si Rodríguez permanece en el poder, si se podrán celebrar o se celebrarán elecciones libres y justas, ni qué ocurrirá con el aparato de seguridad leal que operó bajo el régimen actual durante el último cuarto de siglo. Sin embargo, es necesario prestar más atención a las relaciones bilaterales de Estados Unidos con Colombia antes de las elecciones presidenciales.