Si tuvieras que explicarle a alguien que no se dedica a las finanzas qué hace exactamente Metagestión a la hora de invertir, ¿cómo lo resumirías?
Siempre utilizamos un símil bastante común con los clientes que no tienen mucha experiencia en el mercado financiero: comparamos una empresa con una máquina de hacer dinero. Les explicamos que nuestro trabajo consiste en seleccionar qué máquinas son las que te van a dar más rentabilidad; es decir, aquellas en las que tú introduces dinero por un lado y, con el paso del tiempo, obtienes más dinero por el otro.
En realidad, nuestro trabajo es analizar los engranajes que hacen que esa máquina funcione correctamente. Hay engranajes visibles, que se pueden observar a simple vista, como el tipo de clientes, los productos o los servicios que ofrece la empresa. Pero también hay engranajes internos que requieren un análisis más profundo, como si la empresa funciona bien a nivel financiero, la calidad del equipo directivo o el comportamiento de los accionistas.
Por tanto, nuestro objetivo es encontrar la máquina más eficiente y con un margen de seguridad suficiente como para que no se estropee mientras nuestro dinero está invertido en ella.
Se habla mucho del concepto de “valor” en la inversión. Para el equipo de Metagestión hoy en día, ¿dónde reside realmente el valor de una empresa? ¿Es solo que esté barata o hay algo más?
“Para nosotros, el valor no reside en que una empresa cotice barata en un momento determinado, sino en su capacidad de generar caja a largo plazo. Buscamos que la empresa funcione bien en el presente, que tenga un modelo de negocio que entendamos, con futuro, y que sea capaz de generar caja de forma sostenida para poder reinvertir en sí misma y seguir creciendo.
Analizamos muchos factores, pero ponemos especial foco en la asignación de capital: qué hace la empresa con el dinero que genera, dónde lo destina, qué nivel de deuda tiene y si es capaz de repagarla. Ahí es donde realmente vemos el valor.
Evidentemente, el precio es muy importante porque determina la rentabilidad final de la inversión, pero no es el punto de partida”.
Hay miles de empresas cotizadas en el mundo. ¿Cómo es vuestro proceso de filtrado? ¿Cómo pasáis de un universo tan inmenso a las pocas empresas que finalmente entran en vuestra cartera?
En cada fondo solemos tener entre 25 y 30 posiciones, no más. La realidad es que el universo de empresas es tan amplio que no podemos abarcarlo todo, así que ponemos el foco en descartar rápido.
El proceso comienza con una primera criba en la que eliminamos aquellas compañías que no nos gustan. Las ideas surgen de distintas fuentes: generación propia, informes de casas de análisis con las que trabajamos —no para copiar, sino para obtener pistas sobre dónde mirar—, y también de la observación del día a día.
Hoy en día, observar es fundamental: ver qué empresas están creciendo, cuáles tienen una gran demanda de usuarios, qué negocios están llenos, qué tendencias se repiten en ciudades como Madrid o Londres. Hay que estar atento a lo que ocurre a diario porque ahí es donde surgen oportunidades.
Después, realizamos un análisis más profundo y vamos descartando progresivamente, como en un embudo, hasta quedarnos con las mejores opciones”.
En ese análisis, ¿qué peso le dais a los números frente a la parte cualitativa?
No asignamos un peso específico a cada parte del análisis; creemos que ambas son fundamentales y se complementan entre sí.
La parte cuantitativa, es decir, los números, nos indica si una empresa funciona bien, si genera dinero y si puede seguir haciéndolo en el largo plazo. Por otro lado, la parte cualitativa —como el modelo de negocio, la gestión o el discurso del CEO— nos ayuda a entender si ese crecimiento es sostenible.
Puedes encontrarte con empresas con buenos números, pero si el equipo que está detrás no es capaz de mantener o mejorar esos resultados, difícilmente habrá rentabilidad a largo plazo.
Además, invertir en una empresa dentro de nuestros fondos es como comprarla para nosotros mismos. Somos un equipo pequeño y estamos totalmente invertidos, con una parte relevante de nuestro patrimonio en los fondos. La alineación de intereses es total: si invertimos en una empresa, es porque realmente creemos en ella, ya que nuestro propio dinero también está en juego.
Actualmente se habla mucho de las ventajas competitivas o “fosos”. ¿Cuáles son vuestras favoritas?
No tenemos una preferencia concreta, ya que depende mucho del sector. Todas las ventajas competitivas pueden ser relevantes si son reales y sostenibles.
Lo que buscamos es que esa ventaja sea una razón sólida que permita a la empresa crecer a largo plazo y generar rentabilidad. En algunos sectores puede ser una estructura de costes más eficiente; en otros, una marca fuerte o un efecto red.
En definitiva, queremos empresas que, pase lo que pase en el futuro, sean capaces de mantener su posición y no perder cuota de mercado frente a la competencia.
¿Qué “banderas rojas” hacen que descartéis una empresa en pocos minutos? ¿Cómo evitáis caer en una “trampa de valor”?
En los primeros minutos de análisis ya se pueden descartar muchas compañías. Con una revisión rápida de los números puedes detectar problemas como una contabilidad poco clara o demasiado agresiva, niveles de deuda difíciles de sostener o una dilución recurrente del accionista sin una explicación razonable.
En cuanto a las trampas de valor, hay que tener mucho cuidado porque el mercado genera mucho ruido. Es fundamental diferenciar entre un ruido temporal y un problema estructural.
Cuando el ruido es pasajero, pueden surgir oportunidades interesantes, como nos ocurrió con Amadeus en el contexto del debate sobre la inteligencia artificial. Esa caída de precio permitió entrar en una compañía sólida a una valoración más atractiva.
Sin embargo, hay empresas que parecen baratas porque su modelo de negocio se está deteriorando. En esos casos, no se trata de una oportunidad, sino de una trampa de valor. Es clave no confundir ambas situaciones.