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Cuando se trata de invertir, al igual que ocurre en la historia, la visión a largo plazo suele recompensar a quienes tienen la paciencia suficiente para mantenerla. 

Estados Unidos se acerca a un hito significativo: su 250º aniversario. Este hito supone un momento oportuno para tomar distancia y reflexionar sobre cómo han cambiado Estados Unidos, el mundo y el ámbito de la inversión en comparación con la última vez que se conmemoró una fecha tan notable: la celebración del bicentenario, hace 50 años. La economía estadounidense es hoy más grande, más productiva y avanzada tecnológicamente de lo que lo ha sido en ningún otro momento de su historia. Y, sin embargo, la actual incertidumbre económica y geopolítica que se ha instalado en los mercados contrasta de forma inquietante con ese tremendo progreso. Merece la pena examinar esa tensión más a fondo. 

Durante la mayor parte de la última década, en Neuberger hemos aprovechado el comienzo del verano en el hemisferio norte como una oportunidad para tomar distancia y leer un libro que nos ayude a reflexionar sobre los temas que más importan a largo plazo. Cuando en 2019 elegimos «Factfulness», de Hans Rosling, como lectura de verano, el argumento central del libro nos llamó la atención: la humanidad ha logrado un progreso extraordinario, aunque en la actualidad rara vez lo reconozcamos como tal. 

Según la mayoría de los indicadores objetivos, el mundo en 2026 es, de forma cuantificable, mejor de lo que era hace 50 años. Los ingresos medios han aumentado significativamente. La pobreza extrema se ha reducido drásticamente. El acceso a la asistencia sanitaria, la educación y la electricidad se ha extendido entre la población, mientras que la alfabetización ha aumentado de forma significativa. 

La economía estadounidense también ha avanzado. En 1976, Estados Unidos atravesaba una grave estanflación, una crisis energética devastadora y las secuelas del Watergate y la guerra de Vietnam. Fue un período complicado, y resultaba difícil defender una perspectiva alcista respecto a la renta variable estadounidense. Sin embargo, las cinco décadas siguientes fueron testigo de un fuerte crecimiento económico en Estados Unidos, un aumento de la renta per cápita, una disminución de la inflación y una mayor independencia energética. Y este periodo vino acompañado de uno de los episodios de revalorización del capital más trascendentales de la historia financiera. 

El S&P 500 pasó de tener una capitalización bursátil de aproximadamente 660.000 millones de dólares a los cerca de 70 billones de dólares actuales. Ninguna de las empresas de los «Siete Magníficos» (todas ellas con un valor de mercado que hoy se mide en billones) existía como empresa en la que se pudiera invertir públicamente en 1976, lo que da fe de un dinamismo emprendedor que no solo ha generado una riqueza sustancial para los inversores de todo el mundo, sino que también ha impulsado tecnologías revolucionarias que han contribuido a transformar la economía global. 

Tres cambios que han transformado la construcción de carteras desde 1976 

Una cuestión importante para los inversores, ahora que nos acercamos al 250º aniversario de los Estados Unidos, no es cuánto ha cambiado el país, sino qué implicaciones tienen esos cambios a la hora de construir carteras de inversión. Destacan tres cambios principales. 

El primero es la composición de los índices de referencia. Un inversor que replicara el S&P 500 en 1976 asumía una exposición concentrada en empresas del sector energético y en empresas industriales cíclicas. Un inversor que lo siga hoy en día está expuesto predominantemente al sector tecnológico, lo que incluye una fuerte exposición a empresas impulsadas por la inteligencia artificial (y que va en aumento con la posible inclusión de salidas a bolsa recientes y previstas, como las de SpaceX, Anthropic y OpenAI). La inversión pasiva no puede considerarse realmente una «opción por defecto», dado que los propios índices han cambiado; de hecho, cabe señalar que la inversión pasiva apenas existía en 1976. El Fondo Índice Vanguard, lanzado por John Bogle el 31 de agosto de ese mismo año, recaudó tan solo 11 millones de dólares y fue tachado por algunos de «la locura de Bogle». ¹ Hoy en día, decenas de billones de dólares están indexados a índices de referencia que son, a su vez, el resultado de decisiones activas. Para los inversores que confían en la exposición pasiva, este tipo de cambio estructural justifica prestar una atención activa a lo que representan los índices de referencia en un momento dado. 

El segundo es la información y su valoración. En 1976, el acceso a los datos económicos y de mercado solía ser limitado y estaba distribuido de forma desigual, lo que daba ventaja a algunos inversores. Hoy en día, los datos son de fácil acceso y se valoran rápidamente: los mercados son más rápidos y eficientes. Pero esta disponibilidad de información también ofrece a los inversores una mayor variedad de datos, y la inteligencia artificial está amplificando esta tendencia. La ventaja de los gestores de inversión activos hoy en día no radica en el acceso a la información, sino en lo que hacen con ella. 

El tercero es la diversificación. Hace 50 años, muchos mercados bursátiles y de renta fija mundiales, así como el capital riesgo, el crédito privado y los activos alternativos líquidos, estaban en sus inicios o resultaban inaccesibles para los inversores. Hoy en día, estas categorías de inversión constituyen un componente significativo de las carteras sofisticadas, ya que ofrecen fuentes de rentabilidad y perfiles de riesgo que, sencillamente, no existían como opciones viables en 1976. Esto proporciona a los inversores actuales otra ventaja real, pero también exige herramientas y marcos de gestión de riesgos más sofisticados. 

Vientos en contra fiscales y geopolíticos que siguen formando parte del debate sobre las carteras  

El panorama general no es uniformemente positivo. En EE. UU., la deuda pública ha aumentado de aproximadamente el 30% del PIB a más del 120% en los últimos 50 años, y el déficit fiscal se sitúa en torno al 6% del PIB, frente a poco más del 4% en 1976.² La desigualdad de ingresos, según muchos indicadores, ha aumentado. La asequibilidad de la vivienda se ha deteriorado. La polarización política, según la mayoría de los indicadores, es mayor. Y tras 50 años en los que la globalización ha sido una fuerza significativa para el crecimiento, esa tendencia podría estar ahora invirtiéndose. 

Se trata de auténticos obstáculos, pero no son fenómenos nuevos ni exclusivos de Estados Unidos. Muchas economías desarrolladas comparten, en mayor o menor medida, las mismas presiones fiscales y políticas. No obstante, constituyen el telón de fondo sobre el que deben evaluarse las oportunidades y los riesgos de inversión. 

Argumentos de peso para mantener las inversiones 

Los obstáculos a los que nos enfrentamos hoy en día son reales. Pero siempre ha habido motivos para alejarse del riesgo, y ahora no es diferente. Los motores a largo plazo de los mercados de capitales son el ingenio, la creatividad y la productividad humanos, y estos se traducen en crecimiento económico, aumento de los beneficios empresariales y, en última instancia, revalorización del mercado bursátil y creación de riqueza. Estos motores suelen imponerse por encima del ruido, del mismo modo que, como inversores, debemos mirar más allá de las distracciones a corto plazo.

Con la revolución de la inteligencia artificial y otros avances tecnológicos, los progresos en productividad y el dinamismo emprendedor que han caracterizado a la economía estadounidense y mundial a lo largo de los últimos 50 años de cambios y adaptaciones, existen razones de peso para ser optimistas respecto a los próximos 50 años, tanto para Estados Unidos como para el resto del mundo.

Como inversores a largo plazo, eso es justificación suficiente para un optimismo basado en hechos.