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El 20 de julio de 1969, la humanidad logró lo que hasta entonces parecía imposible: llevar al ser humano a la Luna. Cincuenta y siete años después, la misión Apollo 11 continúa siendo uno de los mayores hitos tecnológicos de la historia y un poderoso recordatorio de lo que la ambición, el ingenio científico y una inversión sostenida en el tiempo pueden llegar a hacer posible.

Del programa Apollo al mercado de lanzamientos espaciales

La primera era espacial comenzó con el lanzamiento del Sputnik en 1957, continuó con el primer vuelo orbital tripulado de Yuri Gagarin en 1961 y alcanzó su momento culminante con el alunizaje del Apollo 11 en 1969. La misión Apollo 17, en 1972, fue la última en llegar a la superficie lunar. A partir de entonces, Estados Unidos comenzó a reducir progresivamente el programa Apollo ante el aumento de las presiones presupuestarias. El foco dejó de estar en regresar a la Luna para centrarse en mantener una presencia permanente en la órbita terrestre baja (LEO, por sus siglas en inglés), un cambio que definiría la siguiente etapa de la exploración espacial tripulada.

En ese contexto, el programa Space Shuttle se convirtió en el principal vehículo de la NASA entre 1981 y 2011. Durante esas tres décadas completó 135 misiones con cinco transbordadores operativos —Columbia, Challenger, Discovery, Atlantis y Endeavour— y sentó las bases para el desarrollo de la Estación Espacial Internacional, que desde entonces se ha consolidado como la principal plataforma para la investigación en condiciones de microgravedad y el desarrollo de la economía en órbita terrestre baja.

Sin embargo, el verdadero punto de inflexión para la industria espacial llegó el 21 de diciembre de 2015, durante el vigésimo lanzamiento del Falcon 9. Ese día, la primera etapa del cohete regresó a Cabo Cañaveral y aterrizó verticalmente, convirtiéndose en el primer lanzador orbital capaz de reutilizar su propulsor. Desde entonces, la reutilización de los cohetes y el aumento de la frecuencia de los lanzamientos han desempeñado un papel fundamental en la estrategia de SpaceX para reducir el coste de acceso al espacio y acelerar el crecimiento de la economía espacial (véase la gráfica 2).

La reducción de costes lograda por SpaceX también responde a otros factores: el desarrollo interno de la mayor parte de sus tecnologías, un elevado grado de integración vertical, unos niveles de automatización sin precedentes en la industria espacial y una cultura empresarial fuertemente orientada al cumplimiento de su misión.

La magnitud del cambio resulta especialmente evidente al analizar el coste de poner proyectos en órbita. Utilizando el coste por kilogramo transportado a la órbita terrestre baja como referencia, la NASA estima que el programa Space Shuttle alcanzaba un coste de 61.720 dólares por kilogramo, frente a los 5.200 dólares del Saturn V y los apenas 1.410 dólares del Falcon Heavy, todos ellos expresados en dólares de 2018 (gráfica 1).

En otras palabras, SpaceX ha conseguido reducir el coste de acceso al espacio muy por debajo del registrado durante la era de los transbordadores espaciales e incluso por debajo de sistemas gubernamentales anteriores. Este avance ha hecho económicamente viables cargas útiles de mayor tamaño, un mayor número de lanzamientos y el desarrollo de infraestructuras espaciales mucho más ambiciosas.

Gráfica 1. Coste de lanzamiento a órbita terrestre baja (LEO): Saturn V, Space Shuttle, Falcon 9 y Falcon Heavy

Si las ambiciones espaciales continúan evolucionando hacia proyectos que requieren transportar grandes volúmenes de masa —como centros de datos en órbita, estaciones espaciales de mayor tamaño o infraestructuras en la Luna—, será necesario que los costes de lanzamiento sigan reduciéndose de forma significativa.

Algunas estimaciones apuntan a que durante la próxima década el coste por kilogramo podría descender hasta situarse en apenas unos cientos de dólares. Esa es precisamente una de las razones por las que el desarrollo de Starship resulta tan relevante. SpaceX está diseñando este vehículo como un sistema totalmente reutilizable, con capacidad para transportar más de 100 toneladas métricas a la órbita terrestre.

Una reducción adicional de los costes de lanzamiento sería determinante para que actividades como la generación de energía en el espacio, la computación en órbita o cualquier otra infraestructura intensiva en masa puedan competir económicamente con sus equivalentes terrestres.

Este avance tecnológico coincide, además, con un cambio estratégico de mayor alcance. El espacio vuelve a convertirse en una prioridad nacional para numerosos países, aunque ya no depende exclusivamente de la iniciativa pública. Cada vez está más impulsado por un mercado comercial de lanzamientos respaldado por la innovación privada, la ambición de los gobiernos y la continua reducción de los costes de acceso al espacio. La combinación de estos factores está sentando las bases para una actividad económica cada vez mayor y más sostenible más allá de la Tierra.

El auge de nuevos mercados en el espacio

El próximo capítulo de la economía espacial estará cada vez más definido por infraestructuras en el espacio destinadas a satisfacer la demanda en la Tierra. McKinsey y el Foro Económico Mundial estiman que la economía espacial global podría crecer desde los 630.000 millones de dólares en 2023 hasta los 1,8 billones de dólares en 2035. En la actualidad, los lanzamientos comerciales y los satélites son los principales motores de ese crecimiento (gráfica 2). Ya sea en agricultura, logística, seguros, aviación, telecomunicaciones, finanzas o administraciones públicas, las organizaciones dependen cada vez más de datos y servicios basados en el espacio para obtener información y acceder a soluciones que no están disponibles únicamente mediante sistemas terrestres.

Gráfica 2. Tamaño de los mercados gubernamentales frente a los mercados comerciales por área de misión, 2025-2029 (previsión a 25 de agosto de 2025), miles de millones de dólares

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La próxima tirada de oportunidades en la industria del espacio procederá de usos que apenas están comenzando a emerger. Algunos ejemplos incluyen la extensión de la vida útil de satélites ya en órbita, la retirada de hardware obsoleto, la generación de energía en el espacio, la fabricación de productos de alto valor en condiciones de microgravedad, la operación de infraestructuras informáticas orbitales y, con el tiempo, la construcción de las primeras instalaciones lunares y la extracción de recursos en otros lugares del Sistema Solar.

La mayoría de estas ideas se encuentran todavía en una fase inicial, y algunas aún no han sido demostradas, pero apuntan hacia una futura trayectoria de crecimiento y hacia el potencial de escala de la economía espacial. El espacio está dejando de ser únicamente un lugar al que llegar y observar, para convertirse también en un entorno donde mantener, ensamblar y, eventualmente, producir, procesar datos, generar energía y extraer recursos.

La inteligencia artificial y la robótica también están adquiriendo un papel cada vez más central en la próxima fase de la economía espacial. En los primeros años de la era espacial, una amplia variedad de misiones robóticas permitió ampliar el alcance mucho más allá de lo que las tripulaciones humanas podían lograr de forma segura.

Hoy, la frontera vuelve a desplazarse: los sistemas autónomos están ayudando a las naves espaciales a navegar, inspeccionar, acoplarse, repararse y, en algunos casos, operar con una intervención humana mucho menor. Cuanto más nos alejamos de la Tierra, más costoso, lento y complejo resulta el control humano directo. Por ello, la inteligencia artificial y la robótica hacen mucho más que mejorar la eficiencia. Permiten que nuevas misiones, nuevos servicios y, finalmente, nuevas infraestructuras espaciales sean más prácticas, escalables y económicamente viables.

El progreso tecnológico continuado, el renovado interés de los gobiernos y la creciente comercialización del espacio están contribuyendo a convertirlo en una nueva frontera en la que los sistemas de lanzamiento, los satélites, la autonomía, la robótica y las infraestructuras en órbita respaldan cada vez más la actividad más allá de la Tierra. Esto es lo que hace que la oportunidad resulte tan atractiva: cada avance en acceso, automatización y resiliencia amplía lo que puede hacerse en el espacio y el valor que puede generar para las industrias terrestres.