Albert Einstein dijo una vez: “No podemos pretender que las cosas cambien si seguimos haciendo lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche.

Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar “superado”. Desde luego que Einstein era un genio, y que sus reflexiones, como es el caso, podrían incluso utilizarse en clases de motivación y liderazgo, pero está claro que el entender de este físico es “relativo” y que estaríamos todos bastante más tranquilos sin la incertidumbre y la inestabilidad que la crisis provoca. Aún así, ya que estamos en faena, no podemos seguir llevando a cabo una gestión ineficaz y de goteo para salir de la recesión. España es un país en el que la confusión económica debe disolverse con medidas de fondo para que la confianza se restablezca, y que las promesas de la semana pasada del presidente del BCE, Mario Draghi, que serán materializadas en parte en compra de deuda de países periféricos, sirvan para, además de frenar el pánico vivido en el mercado de deuda soberana y en el mercado de renta variable, empezar a llevar a cabo medidas estructurales que aboguen por evitar que la situación actual siga como un auténtico calvario económico.

El Fondo Monetario Internacional, en su último informe de perspectivas económicas globales no ha planteado un escenario muy positivo para la economía española. Establece una contracción del PIB en 2012 de un 1,7%, dos décimas más que la previsión del gobierno, y una previsión para 2013 del 1,2%, bastante lejos de la previsión del 0,5% del ejecutivo. Además de todo esto, el FMI señaló que España no cumplirá con las exigencias del déficit hasta 2016. Desde luego que el crecimiento económico está condenado durante los próximos años a convertirse en una auténtica carrera de obstáculos, y más si las medidas de aumento del IVA y reducción del estado del bienestar que se han establecido recientemente, de las cuales hay que reconocer que no son más que condiciones impuestas desde Bruselas, sólo ayudan a la reducción del consumo privado, que supone en torno a un 60% del PIB. Es fácil de pronosticar para la situación actual, y como bien indica la curva de Laffer, que no todo aumento de impuestos genera una mayor recaudación. España tiene que tratar de equilibrar su balanza de gastos con otro tipo de ajustes adicionales, saliendo del espejismo de ingresos derivado del boom inmobiliario que vivió la Administración Pública hace unos años, empezando a reducir de una vez el número de cargos públicos y trabajando de forma conjunta por dotar a Europa, no sólo de la unión monetaria ya existente, sino también de una unión fiscal y bancaria.

Tenemos que ser conscientes de que el riesgo de la supervivencia del euro sigue acechando y que por mucho que el BCE arrime el hombro comprando deuda o diseñando próximos modelos de intervención, las reformas estructurales han de empezar a ser tomadas por los países, ya que son la verdadera esencia para la consecución de la confianza y del ansiado crecimiento económico. Esperemos que la reciente prohibición de posiciones cortas hasta octubre para España, por lo menos sirva para que la volatilidad se reduzca y se tenga un margen de maniobra más amplio y cómodo para empezar con políticas de reestructuración adecuadas.

Retomando las reflexiones de Einstein con las que comenzaba el artículo, y adecuando un poco su teoría de la relatividad a la situación actual, para determinar la velocidad de la solución a esta crisis, hay que tomar como referencia el verdadero eje de los problemas, y mientras tomemos otros puntos de referencia, la velocidad no será la misma y, por tanto, estaremos sometidos a otro planteamiento.