Nadie puede dudar de las ventajas que ha supuesto la Globalización en los últimos veinte años.
Globalización económica y su correspondiente financiera: aumento del nivel de vida en las economías en desarrollo, internacionalización empresarial, alternativas de inversión, también financiera y especialmente una mayor interacción política/social. Sí, la Globalización ha sido algo innegablemente positivo.

¿Por qué ahora se pone en cuestión? De hecho, no me refiero a movimientos sociales contra el proceso de integración internacional. Más bien, las trabas a nivel político que todos percibimos. De forma sutil, en algunos casos. No tanto en otros.
Desde riesgos hacia un mayor proteccionismo como los obstáculos para seguir avanzando en la liberalización comercial internacional. También la integración financiera internacional no está en su mejor momento, algo que todos percibimos. Incluso en la zona Euro, donde la consolidación bancaria sigue un proceso lento.
Sí se ha avanzado en la consolidación fiscal, lucha contra evasión fiscal. Pero más bien por la presión de los medios que por una decidida coordinación política a nivel internacional.

Explicar la globalización no parece complicado: las economías emergentes o en desarrollo reciben inversión financiera y tecnológica del exterior cuando las desarrolladas se benefician tanto por mayor rentabilidad como por un aumento de la demanda mundial. Todos se benefician, aunque esto obliga a ajustes (políticos, económicos, sociales) de una parte de los países desarrollados y en desarrollados. ¿Cuál es el problema? cuando, estos ajustes son demasiado fuertes con un coste político y social difícil de asumir a corto plazo pese a las ventajas y beneficios a medio plazo que conllevan. Aquí hablamos de reformas estructurales, de ajustes fiscales y de una política monetaria donde el peso internacional es significativo.

De hecho, la Globalización económica y comercial durante la década de los noventa coincidió con un proceso de internacionalización financiera con evidentes claroscuros. El mero hecho de que las economías en desarrollo prestaran dinero de forma sistemática a las economías desarrolladas, ya debería habernos generado inquietud. Pero, a todo se acostumbra el ser humano. Ese exceso de deuda, financiera y económica, suponía la contrapartida de un fuerte crecimiento del comercio mundial con pérdida demasiado rápida del sector manufacturero de las economías desarrolladas y descentralización/externalización de una parte importante de su producción de bienes y servicios. Pero, pasó desapercibida o simplemente se obvió en un contexto de felicidad generalizada como fue la Gran Moderación. El problema, la Gran Crisis, aún la estamos analizando. Aunque sí se percibe, como decía al principio, que parte de sus consecuencias es precisamente una mayor lentitud siendo benigno en la internacionalización.

Inseguridad y debilidad, han sido en parte citadas como responsables de este deterioro en el proceso de Globalización. Probablemente excusas, en mayor medida. Inestabilidad financiera y desconfianza, quizás sean argumentos más sostenibles. Pero, sobre todo, es la falta de ímpetu político para profundizarla. Al final, cierto o no, a nivel social y político se observa el proceso de internacionalización más como una traba para recuperar un crecimiento económico sostenido que como una condición necesaria para lograrlo. Pero, quizás sea precisamente esto último (condición necesaria aunque no suficiente) lo que pesa como una losa ahora: como un círculo vicioso de difícil salida, el bajo crecimiento potencial genera desconfianza y la desconfianza se centra en buena parte en la Globalización.

¿Qué hacer en este escenario? Precisamente, aumentar la cooperación internacional.
El papel de instituciones supranacionales como el FMI es fundamental. Foros como el G20, importantes.
Foros e instituciones que deben potenciar que los ajustes pendientes en las economías emergentes, la Crisis es global, no sean imposibles de realizar en un contexto financiera adverso. No sólo la Crisis es global, como que tiene un origen financiero. Y digan lo que digan, en términos de deuda, aún no está del todo superado.
Es relevante, por tanto, que se adecúe un mecanismo que permita reducir los riesgos financieros sobre las economías en desarrollo.
Y es igual de importante que los países en desarrollo aprovechen esta calma para llevar a cabo ajustes, tanto de excesos pasados como que implementen medidas para aumentar su crecimiento potencial: educación, demografía, inversión y productividad.
¿Y las economías desarrolladas? Deben tomar sus propias medidas para reducir sus desequilibrios (mejorar las perspectivas de crecimiento) y medidas para aumentar su crecimiento potencial (capacidad de crecimiento).

Como ven, cooperación internacional que venza la desconfianza política y social nacional a la que me refería antes. Yo confió, por el bien de todo, que esto finalmente ocurra.

José Luis Martínez Campuzano
Estratega de Citi en España