Ayer les hablaba de argumentos a favor de la estabilidad de los precios del crudo, pero en niveles elevados. Y elevados en términos reales y nominales. ¿Hace falta que les recuerde los argumentos? Oferta al alza, con creciente protagonismo de la energía no convencional desde países desarrollados y emergentes (incluyendo naturalmente las renovables); demanda al alza, es cierto. Pero con ritmos de aumento menores a los observados desde finales de los noventa. El mundo ha cambiado. Y parte de este cambio es aprender de nuevo a crecer, lo que pasa por un periodo aún por concretar donde el crecimiento mundial será más moderado que el anterior a la Crisis.
¿Y la posibilidad de accidentes? ¿la inversión financiera? Condicionantes de la oferta y demanda que no se pueden obviar. Pero, que tampoco nos pueden condicionar en nuestras previsiones bajo hipótesis racionales. Con todo, los precios actuales en el crudo son suficientemente elevados como para incentivar la producción y al mismo tiempo desincentivar la especulación siempre y cuando el riesgo geopolítico no se traduzca en un descenso brusco y contundente de la oferta. La relativa estabilidad observada de forma reciente, pese al aumento de la tensión geopolítica, puede ser una buena prueba de esta estrategia de relativa estabilidad que esperamos a corto plazo.

¿Se pueden extrapolar estas conclusiones al resto de las materias primas? Me refiero a unos precios estables, pero altos. Aunque, a diferencia de los precios del crudo, los actuales de materias primas como los alimentos o los metales no se pueden considerar altos desde una perspectiva histórica. Y mucho menos en términos reales. Pero esta afirmación esconde una realidad contrastable en este tipo de productos: su elevada inestabilidad en el tiempo. Considerando su estabilidad hasta la década de los setenta, tendencia bajista en los ochenta y noventa, las fuertes subidas para recuperar niveles anteriores y de nuevo la inestabilidad, con desplomes y recuperaciones desde el inicio de la Crisis actual (la Gran Recesión). Una inestabilidad que tiene muchos nombres: desde desarrollo, productividad, globalización y especialmente de forma reciente también inversión financiera. ¿Dónde estamos en estos momentos? Al final, ¿cuál será el siguiente detonante que marque la dirección de los precios de estos productos? Es complicado saberlo. Pero lo que sí podemos intuir es que, con las limitaciones regulatorias actuales para que la banca actúe en estos mercados, la correlación con los mercados financieros vuelve a los niveles bajos previos a los años noventa. Y esto no invita precisamente al optimismo para una espiral en los precios considerando el comportamiento reciente de los activos financieros de riesgo.

Al final, los precios exteriores pasan de ser una fuente inflacionista a presionar a la baja la inflación mundial. Llama la atención como los bancos centrales, comenzando por el ECB, siguen viendo los precios del crudo y otras materias primas como potenciales riesgos a plazo para la inflación que se contraponen a los desinflacionistas derivados de la debilidad económica. Quizás lo sean en el futuro, aunque es cierto que hasta el momento han profundizado la desinflación o al menos han forzado la contención de los precios. No hay muchas razones para que cambien este perfil en el inmediato futuro.


José Luis Martínez Campuzano
Estratega de Citi en España